Hace un año lo mataron por un grafiti: "Estaría orgulloso de lo que hicimos por él", dice su mamá

Hay cosas que sólo pueden hacer las mamás: Nélida Sérpico, por ejemplo, se tiñó el pelo, se rompió los dientes y comenzó a usar otro tipo de ropa para buscar al asesino de su hijo, dentro de la villa 1-11-14. Lo encontró, lo detuvieron y fue condenado a 15 años de prisión. Mirta “Coca” Corvalán, fanática de Boca, fue varias veces a alentar a Independiente. Siente que allí, en la popular, en cada grito de gol, se reencuentra con Ezequiel, su hijo, asesinado en 2007 en un intento de robo. Esos son sólo dos casos de los tantos que se podrían citar. “Ay, sí. Es que las mamás hacemos tantas cosas por nuestros hijos…yo creo que mi hijo estaría contento de todo lo que estamos haciendo por él“, dice Johana Martínez Rodríguez (37). Es la mamá de Cristian Felipe “Pipe” Martínez Rodríguez (17), quien hace un año y pocos días fue asesinado por un vecino luego de pintar un grafiti en Almagro.

Lo primero que hizo Johana por la memoria de su hijo, que cursaba la secundaria, trabajaba en una barbería y aspiraba a estudiar Diseño Gráfico, fue participar en un mural que pintaron sus amigos, para recordarlo. Después, viajó junto a su hija Juliana a Bogotá. Los chicos de “Golpe de barrio”, un programa cultural para el desarrollo social y cultural para niños y adolescentes del sur de la capital colombiana, querían rendirle un homenaje. Allí, los mismos chicos con los que había aprendido teorías y técnicas del dibujo, lo pintaron en el barrio que lo vio crecer.

El próximo paso fue concretar un proyecto del que Johana y “Pipe” habían hablado varias veces. “Varios grafiteros tienen su propia marca de ropa. La diseñan con sus ‘tags’, que son sus firmas. Era una idea en la que habíamos pensado juntos. Pero mi hijo decía que iba a hacerlo más adelante, cuando fuera más reconocido”, recuerda su mamá.

Entonces, con el objetivo de empezar a hacer todo lo que no alcanzó “Pipe”, encargó las primeras 36 remeras. Blancas, a las que se les estampó “Teur” y “Arruinar”, las dos firmas que su hijo pintaba en tantos paredones, persianas, subtes y trenes de la Ciudad y el Conurbano. Más adelante mandaría a hacer buzos, gorros de lana y otros diseños de remeras. En total, la producción es de 200 prendas. Cada una viene con una calcomanía de regalo, con la misma firma. Todo se vende por redes sociales.

Johana llora a cada rato durante la hora de charla con Clarín. Los ojos se le transforman sólo cuando habla de proyectos para seguir recordando a su hijo. De metas que él tenía y hubiese cumplido si hoy estuviera vivo. “Y ahora queremos abrir una tienda para vender la ropa -anticipa-. Se va a llamar ‘Teur’. Ahí también vamos a vender aerosoles, todo con su firma. Y a futuro quisiéramos montar una barbería ahí mismo. Cortar el pelo era la otra pasión de mi hijo. Otra idea que tenemos con mi hija es hacer un libro con fotos de sus pintadas, y contar quién era él, junto a las anécdotas de cada grafiti. Dios quiera que podamos cumplir todo”.

Cada tanto, además, Johana acompaña a los amigos de su hijo a pintar. Son varios los grafiteros que firman, debajo de su tag, “Teur”, en su honor. “Hacer todo lo que hago me pone bien de cierta forma. Aunque qué más quisiera yo que estar con él, ayudándolo en todos los sueños que tenía”, agrega la mamá.

“Para nosotras es muy importante que otros grafiteros lo recuerden. Nos hace sentir que dejó un mensaje. Por redes sociales encontramos muchos mensajes de chicos que compartieron murales con él. Esas palabras, a uno lo tocan mucho”, dice Juliana, su hermana, que fue la primera de la familia en llegar al país. Hoy estudia Ciencias de la Comunicación y trabaja junto a Johana, en el spa de uñas que abrieron en el Microcentro.

El 29 de julio de 2018, “Pipe” se despidió de su madre y de su hermana y salió a pintar por última vez. Había gastado $ 1.200 en aerosoles y decía que quería empezar a ahorrar para regresar a Bogotá a visitar a sus abuelos.

“Él estaba feliz y se iba a pintar. Se inspiraba y se iba a pintar. Estaba triste y se iba a pintar. Yo lo veía tan feliz… y a la vez le pedía que tuviera cuidado. Le decía, ‘no lo haga más, cuídese. Si le pasa algo, yo no podría vivir sin usted’. Y él que no, que hacía lo que le gusta, y que si moría pintando, moriría feliz” ”, dice Johana. Y agrega: “Vivía preocupada por él. Lo llamaba cada madrugada que salía a pintar. Creía que este país no era peligroso, que no podía pasarle nada grave. Me decía que quería viajar a pintar a Bogotá y yo no lo dejé, porque tenía miedo”.

Aquella noche, “Pipe” y dos de sus amigos eligieron una pared de una azotea de una construcción abandonada, sobre la calle Gascón al 1000. A eso de las 4, cuando ya había terminado de pintar, él fue sorprendido por un vecino que lo habría confundido con un ladrón. Empezó a dispararle y Cristian le gritó, aerosoles en mano y grafiti fresco de fondo, “¡Tranquilo, amigo! ¡Sólo estoy pintando!”. Sin embargo, el hombre se le acercó y volvió a gatillar. Le dio tres disparos: uno en el tórax, otro en el mentón y el último en la rodilla derecha. Todos a uno dos metros de distancia.

El vecino acusado es Christian Jesús Arbaje (39). Fue detenido y trasladado a la cárcel de Marcos Paz. Pero lo liberaron diez días después.

Johana a veces hace cosas para recordar a su hijo y otras veces los recuerdos se le aparecen solos. Le pasa de encontrar el tag de su hijo por todos lados. Le pasó al llegar a las últimas hojas de su agenda, o al abrir cajones y revisar papeles viejos. “Pipe” se la pasaba perfeccionándose y practicando su firma. En la calle le pasa lo mismo. Arriba del colectivo, o caminando, busca los grafitis. “Siento que está siempre conmigo, pero cuando veo su firma ese sentimiento aumenta. Es lindo encontrarlo, y a la vez es duro porque es volver a sentir el dolor”, concluye la mujer, que no tiene un solo tatuaje pero ahora quiere hacerse uno. Sí, el mismo que se harían todas las mamás si estuvieran en su lugar.

El asesino espera el juicio en libertad

En un principio la causa estuvo caratulada como “exceso en la legítima defensa”. Patricia Apesteguy, abogada de la familia Martínez Rodríguez, apeló y la Cámara hizo lugar a su pedido: la modificó por “homicidio agravado por el uso de armas”.

A Christian Arbaje, el único imputado, la Policía le secuestró municiones de dos calibres. Uno de ellos, es el que se usó en el asesinato de “Pipe”. Pero el arma nunca apareció.

Arbaje no registra permiso alguno para poder comprar o portas armas. En un principio se negó a declarar, pero luego solicitó hacerlo. Según su versión, aquella madrugada escuchó ruidos, pero jamás salió de su casa. Así y todo, sus abogados aceptaron la calificación de “exceso en la legítima defensa.”.

Uno de los dos testigos del hecho (los amigos de “Pipe”), reconoció a Arbaje como el autor de los disparos. El acusado ahora espera su juicio en libertad. ​Todavía no hay fecha para las audiencias.

“En otro municipio, Arbaje esperaría el juicio en prisión -sostiene Apesteguy-. Creemos que es un riesgo que esté libre hasta el debate oral, porque la expectativa de pena es muy alta. El mínimo podría ser de 15 años. Otra prueba es que Arbaje llamó tres veces al 911, antes de la muerte del menor”.

Martínez Rodríguez falleció con los dedos pintados. Las pericias arrojaron que nunca estuvo en la propiedad del imputado, y que no se forzaron ventanas ni cerraduras.

NS