Los campeones del Mundial de Tango en Clarín: "Nuestros cuerpos se entienden mejor porque no hablamos el mismo idioma"

Ella nació en Tierra del Fuego, estudió en Buenos Aires y se fue a trabajar a Japón. Él llegó al mundo en Rusia Central, a los 22 se mudó a San Petersburgo y hace poco abrió una escuela en Moscú. Parecía que sus destinos nunca iban a cruzarse, pero los caminos del tango los encontraron. Y les permiten dialogar aunque hablen idiomas muy distintos.

Son Agustina Piaggio (28) y Maksim Gerasimov (28), que este martes se convirtieron en los que mejor bailan el tango en la pista a nivel mundial, en el Festival de Buenos Aires. Pasaron menos de 48 horas desde que Fernando Bravo pronunció sus nombres y los invitó al baile de los campeones en un Luna Park repleto. Pero ellos las sienten como si fueran semanas, unas en las que durmieron poco y nada: en este breve lapso les llovieron propuestas internacionales, notas en medios y saludos de -literalmente- todo el mundo.

Pese a eso, hablan con Clarín con humildad, la misma que lo frena a Maksim a la hora de contar sus logros, que son enumerados por su compañera. Y que previene a Agustina de ahondar en las ofertas recibidas después de la gran noche. Esa sencillez que los hizo competir también al día siguiente, en la categoría Escenario, sin dormirse un minuto en los laureles de la noche anterior.

La clave para ellos es la pasión, a la que también le suman disciplina. Maksim incorporó el rigor con apenas cincos años, el día en que su mamá, fan del ballroom, lo “llevó de la mano” a aprender a moverse al ritmo del baile de salón. Las horas que pasó practicando en una escuela de Penza, su pueblo ruso natal, daría pronto sus frutos: fue campeón nacional de esa disciplina a los 7, a los 8, a los 9, los 10 y los 15. Hasta que tantas reglas y restricciones del ballroom lo cansaron, y él las cambió por el tango y su potencial de improvisación. Nunca más volvió.

Agustina también viene de otra danza, en su caso la clásica. Tan acostumbrada estaba a los giros en puntas de pie, que a su primera clase de tango llegó de malla y tutú. Eso fue a los 15. Para cuando terminó la secundaria ya sabía que lo suyo era el dos por cuatro y se mudó a Buenos Aires para estudiarlo en su lugar de origen. A los 21 hizo base en Tokio para bailarlo. Cuatro años después, en 2017, se quedó sin compañero. Y apareció Maksim.

“La pregunta no es cómo nos conocimos, sino quién nos presentó”, dice ella entre risas. La celestina de baile fue una docente, que les vio futuro como pareja de danza y les propuso bailar en un espectáculo en Roma, el lugar al que todos los caminos conducen incluso si, como ellos, se nació en la otra punta del planeta, a 15.000 kilómetros de distancia. “El pasaje desde Tokio me salió una fortuna, pero fui igual”, recuerda Agustina. Tuvieron sólo dos días para ensayar juntos, pero el debut fue exitoso. Con la pareja de baile formada, ella se mudó en marzo del año pasado a Moscú, donde él vive junto a su esposa Natasha y, pronto, también con su hijo, que nacerá en octubre.

Agustina no habla ruso. Maksim sabe muy poco de español e inglés. El código en común es entonces el tango. “Tenemos la sensación de que los cuerpos se entienden mejor justamente porque no usamos el mismo idioma. Desarrollamos la telepatía, nos escuchamos de otra manera”, observa ella. “Así creo que nos entendemos mejor”, resume él. A entender mejor el tango, en cambio, los ayudaron sus estadías en Buenos Aires.

“Recién cuando llegué acá pude sentir bien lo que era”, reconoce él, que compitió en cinco mundiales en la Ciudad, dos con Agustina. Algunas de esas participaciones se dieron después de que ganara en Rusia y, luego, en Europa. Experiencias importantes, pero incomparables, según ambos, a la porteña. “Bailar en el Luna Park es distinto a hacerlo en cualquier otro lugar de Buenos Aires, y del mundo. Las emociones son distintas”, agrega Maksim.

Quizás por este poder de unión que tiene el tango es que a él se le ocurrió llamar a su escuela Most, que en ruso quiere decir “puente”. Allí, ambos dan clases, rodeados de paredes coloridas al estilo xeneize, como para hacer olvidar que se está en el centro de Moscú. 

Con todo, su máximo sueño es ampliar su rango de acción moscovita, para llevar su tango desde Rusia a otras partes del planeta, como el tango viene llevándolos a ellos desde que lo bailaron por primera vez.