Tatuajes que sanan: los artistas que pintan sobre las cicatrices y borran las huellas del dolor

Hacía meses que Diana Cuccarese se sentía contenta. Ya no renegaba de tener que usar el uniforme de verano, y hasta se había dejado el pelo más largo y se había teñido. También pasó por el spa de uñas y se compró una pulsera. Pero el piropo más lindo se lo haría un cliente que sin darse cuenta le alegraría el día. “Te hago una consulta…”, le preguntó, sentado en una de las mesas del restaurante, luego de que Diana le sirviera un café. “La chica de los brazos quemados… ¿sigue trabajando?”.

Desde su regreso al trabajo después del incendio que sufrió en 2012, Diana sentía que se referían a ella de esa manera. No era la moza responsable, la que siempre llegaba temprano, la que no faltaba, la que llevaba más de diez años en el restaurante. Era, para los demás, “la chica de los brazos quemados”, o “la quemadita”.

Por eso la pregunta del cliente la hizo tan feliz. “Sí, sí que sigue trabajando. Soy yo”, fue su respuesta. Las cicatrices seguían estando. Pero arriba había tinta. Desde la primera sesión con su tatuador dejó de ser “la chica de los brazos quemados”. Ahora era “la chica de los brazos tatuados”.

El cambio había comenzado en ese mismo restaurante. Un cliente la vio, le hizo señas, le preguntó qué le había pasado y le dejó su tarjeta. Era Diego Staropolis, dueño de Mandinga Tattoo, un local de Villa Lugano. Las energías habían querido que se conocieran justo cuando Diego quería empezar a ayudar a personas con cicatrices de accidentes. Por eso, cuando Diana le aclaró que no tenía dinero para tatuarse las dos mangas y la espalda, le aclaró que la atendería igual. El proyecto se llama “Tatuajes sanadores” y ya se plasmó en más de 25 trabajos.

Gracias a la difusión en redes sociales hay accidentados que llegarán desde Chile y Nueva Zelanda para tatuarse arriba de sus cicatrices. El que puede lo paga, aunque al mismo precio que un tatuaje común, a pesar de que llevan más tiempo y más tintas. A muchos les hicieron descuentos de hasta el 50%. Y para alguno que otro fueron gratis. Son muy pocos los profesionales de las agujas que se animan a tatuar sobre pieles lastimadas.  

Sebastián Maurig es uno de los tatuadores de Mandinga. A la hora de explicar la diferencia entre tatuar sobre una piel común y una cicatriz, cita el ejemplo de pintar sobre una pared lisa y una de ladrillos. “La piel quemada absorbe más tinta. Y a los dos meses hay que reforzarla”, cuenta. “No es que borramos la cicatriz; pero el tatuaje la disimula muy bien. La transforma, la camufla”. 

El departamento de Diana se había incendiado en 2012. Ella se despertó dos meses después. Durante años, dice que no quiso mirarse al espejo. Pasó por 13 cirugías. Ahora está ansiosa por las próximas sesiones. “Lo estético te llega a lo mental”, asegura sonriente la mujer, a la que ya no le preguntan qué le pasó en el brazo, sino dónde se tatuó, para recomendarle lo mismo a otros accidentados. Entre esos comentarios le llegó la propuesta de una cliente médica, para invitarla a hablarle a sus pacientes y contarles que se puede volver a ser feliz. Pase el tiempo que tenga que pasar.

“Creí que me iba a morir triste, siempre usando manga larga”

Silvia Cruz nunca imaginó que se haría su primer tatuaje a los 55 años. Mucho menos, que ese tatuaje sería grande, de tres sesiones. Y que solucionaría un dolor, interno, sentimental, que nunca creyó poder sanar. “Me daba miedo tatuarme. Creía que me podría infectar; no quería arriesgarme. Había sufrido tanto… Hago esta nota para decirle a los que están en mi situación que se animen. Me cambió el ánimo: me compro ropa nueva, espero el verano como nunca antes y me despierto contenta. De lo único que me lamento es de no haberme tatuado antes”, dice.

Antes de ir a Mandinga, dice que le pidió una señal a San Expedito. Y esa señal se la dieron en la recepción. “La podemos tatuar sólo si pasaron, como mínimo, dos años del accidente”, escuchó. Y sacó la cuenta: llevaba 51 años con las cicatrices. Silvia se pone a llorar a cada rato. Llora de felicidad, una de las cosas más lindas de la vida. Y cuando puede, cuenta cosas de su decisión: “Mi hijo me empujó a venir. Quería verme bien. Yo creí que me iba a morir triste, siempre usando manga larga para que no se viera mi brazo”.

Esas ganas de no sufrir más la llevaron a desobedecer a su dermatóloga. “Yo no te lo recomiendo. Pero sé que igual te vas a tatuar, y que en la próxima consulta te voy a ver tatuada”, le dijo. La opinión de su médica clínica fue todo lo contrario. Buscaron juntas en Google y encontraron el proyecto “Tatuajes sanadores”. Y acá está. Porque en definitiva uno siempre termina eligiendo cómo sentirse.

“Ya no tengo que explicar qué me pasó en el brazo”

“Es la primera vez que quiero que llegue el verano”, dice Carla González, que tiene 25 años y a los 4 sufrió un accidente con una máquina en un lavadero industrial. Durante su infancia, en natación, los chicos la cargaban por su brazo. Y hasta hace muy poco se lo tapaba con una manga ortopédica. En el medio se hizo distintas operaciones e implantes y transfusiones de piel. “La gente es muy morbosa -cuenta-. Me pedían que les mostrara qué tenía abajo de la manga ortopédica y yo les respondía que si la usaba era porque no quería mostrar nada. El tatuaje me demostró cómo cambia la perspectiva del otro. Me lo ven y no me comentan nada de la cicatriz. Sólo me hablan del tatuaje”.

Tatuarse era la última opción para “encontrarle la vuelta”, como describe a su situación. Se decidió luego de comparar todos los riesgos de operarse: tenía que hacerlo en otro país, iba a sufrir dolores y la piel podía reabsorberse. Fue a casas de tatuajes y no se convenció. Le decían que no sabían o no se animaban a tatuar sobre injertos de piel. O que podrían intentarlo.

Hasta que Internet otra vez serviría como guía. Una amiga le mandó una foto del Instagram de Mandinga. Pidió un diseño y ahora va por la tercera sesión. Le faltan dos más. Su cierre es con una pregunta que no necesita respuesta: “¿Sabés qué lindo es ir a un lugar nuevo y con gente que no conocés y no tener que explicar qué te pasó en el brazo?”. Su solución, o “encontrarle la vuelta”, como dice, tras 21 años, estuvo en un local de tatuajes y no en una clínica.

​NS