"Que lo perdone Dios, yo todavía no pude", el dolor del padre de una joven que fue atropellada y quedó en estado vegetativo

Hasta ahora la única que puso el cuerpo es Macarena. Desde hace cuatro años y medio carga con las consecuencias y nosotros tratamos de darle una buena calidad de vida. Macarena tiene 15 personas que la cuidan. Tuvimos que comprar una casa y adaptarla para que ella pudiera estar. Tiene monitoreo durante las 24 horas y 17 sesiones de kinesiología semanales. Médicos. Macarena está desconectada del mundo. Tiene apertura ocular a la mañana y cierra sus ojos para dormir. Nada de lo que ustedes puedan hacer nos la va a devolver y sólo eso sanaría nuestra alma. Pero consideramos que por ella, por todo lo que sufrió y seguirá sufriendo, decidimos llegar al juicio. Y a este hombre que lo perdone Dios, yo todavía no pude.

José Luis Mendizábal está roto. No grita ni llora, pero no hace falta. Pasó toda la madrugada en la maternidad de un hospital, donde uno de sus hijos lo hizo abuelo, y ahora está inclinado sobre un micrófono, en una sala llena, hablándole a una jueza, a una fiscal y a quien dejó a su hija, Macarena, en ese estado que bordea la muerte. Es martes al mediodía y son los alegatos, las últimas palabras de cada parte (defensa, querella y fiscal) antes del veredicto. José Luis junto a su exesposa y mamá de Macarena, Adriana Aruj, forman parte de la querella. Los dos hablan por su hija. Ella no puede, como tampoco puede comer, caminar, pensar, sostener su cuerpo o cabeza. Siquiera puede respirar.

El domingo de Pascuas de 2015, Macarena Mendizábal recibió un golpe grandísimo. Tan violento que hizo que su cerebro se moviera dentro de su cráneo. El diagnóstico fue “lesión axonal difusa”, uno de los tipos más devastadores de traumatismo cerebral. Detrás del impacto, hay un responsable. Es Santiago Silvoso, un excorredor de autos, que según acredita la fiscal de juicio, manejaba borracho, con exceso de velocidad y había cruzado en rojo, antes de embestir con su auto a Macarena. Silvoso es ese hombre a quien José Luis no puede ni quiere perdonar. Es el hombre que lleva un rosario al cuello y al mismo tiempo escucha desde el banquillo, sin inmutarse.