Su cara dio vuelta al mundo cuando fue detenido en la recuperación de Malvinas, hoy lo aplauden en un teatro porteño: la increíble historia del marine británico Lou Armour

Lou Armour jura que aquella foto del 2 de abril de 1982 hizo aflorar el orgullo de su pueblo e impulsó el contraataque británico en Malvinas. “La primera vez que vi esa imagen sentí una vergüenza enorme”, reconoce. Es que, en pocos días, aquella icónica foto tomada por el fotógrafo Ariel Wollmann recorrió el mundo entero (eran otros tiempos) y ocupó la portada del Daily Mirror, The Sun y los tabloides más resonantes de Europa. “Yo tenía la cara pintada de negro. La foto me mostraba derrotado, con los brazos en alto mientras un soldado argentino me apunta y me echaba de la gobernación de Puerto Argentino (dice Stanley, claramente)”, describe.

En 1982 Lou Armour era un marine británico de 25 años que había tenido misiones en Chipre, Cerdeña, e Irlanda del Norte (donde había combatido cuerpo a cuerpo) y había sido asignado por un año a custodiar la Gobernación de las Islas Malvinas en Puerto Argentino. Claro que hoy, 37 años después, llega a la Argentina en un rol bien distinto: es uno de los protagonistas de Campo minado, una obra de teatro que reunió a tres veteranos de Malvinas argentinos con dos ex combatientes británicos y uno de los famosos mercenarios del pueblo Gurkha.

Por eso, un miércoles cualquiera Lou Armour camina sonriente por la avenida Corrientes, se mezcla entre la gente como si fuera un porteño más, entra a un bar a tomar una cerveza y se queda embobado mientras observa un espectáculo de lo más cotidiano: la mesa de una pareja con dos hijos que dibujan sobre una tabla. “Lo que más me asombra y me gusta de este país es la conexión que tienen los chicos con los grandes. Ellos son integrados, no se quedan afuera de la charla familiar de los mayores. Eso no se ve tanto en mi país, quizá sea por el clima, no sé…”, le cuenta Lou a ete medio. Y, de alguna manera, esté hablando de su historia: Armour perdió a su madre cuando tenía un año de vida y terminó con una familia sustituta: “Me alisté en los royal marines para salir de ahí. Finalmente, esos soldados terminaron siendo mi familia”.

Poco después se sienta en un sillón en el segundo piso del teatro San Martín, donde hasta el 15 de diciembre se presenta la obra. Lou es amable, un tipo de clase media británica que se crió en una sociedad muy diferente a la argentina. Y no sólo por las diferencias culturales y los vaivenes económicos que sufrió el país en todas las épocas. Esa generación europea nacida entre las décadas del cincuenta y sesenta (Lou es de 1958) es hija de la posguerra y toma su participación en un conflicto bélico con una naturalidad difícil de entender para los argentinos: “Me crié en una sociedad donde se entiende que uno puede estar en combate en algún momento de su vida pero después está todo bien. Por eso, cuando supe que iba a conocer a los ex combatientes argentinos no tuve miedo: yo crecí rodeado de veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Ingleses que se encontraban en una playa de Francia con los alemanes con los que habían combatido y se quedaban horas cantando y tomando cerveza”.

Volviendo a aquel 2 de abril de 1982 en el que 2 mil soldados tomaron la gobernación de Puerto Argentino e izaron la bandera nacional, tras su detención, Armour regresó al continente en un Hércules C 130: “Era el tipo de aviones en los que volaba yo que era paracaidista. Me sentaron en una de las butacas rodeado de oficiales argentinos armados. Tenía mucho miedo de escuchar las rampas caer y que nos tiraran al Atlántico. A esa altura, en todo el mundo se conocían los vuelos de la muerte de la dictadura argentina y yo estaba muy asustado por eso”, recuerda.

Un par de días después, Armour bebía cervezas en un bar de Montevideo que invitaba el consulado inglés en el país vecino: “Fuimos a parar a Uruguay y el cónsul nos dijo que firmáramos todo para la casa, entonces, en cada ticket yo ponía ‘Margaret Thatcher’”. Tres días más y Armour regresó a una base militar en Inglaterra donde convocaron a los que quisieran volver a las Islas: “Dije que sí porque era un profesional, no me podía ir derrotado de esa manera sin cumplir la tarea que me habían dado. Cuando llegué, las fuerzas ya habían partido en barco pero tenían que cargar combustible a mitad de camino. Por suerte pude sumarme al batallón”.

-Diez días después de haber sido expulsado de Malvinas estaba en un barco que lo devolvía a la guerra. ¿Cómo fue su ingreso a la batalla de Goose Green o Pradera del Ganso?

-La batalla empezó el 28 y el primer día hubo muchas balas de ambos lados. Mi equipo llegó por aire para reemplazar a las bajas: los argentinos habían abatido cien oficiales nuestros. Llegamos en medio de la noche. Recuerdo el territorio prendido fuego y tener que saltar desde el avión sobre las llamas para esperar las condiciones para atacar. Había muchos muertos, sangre. Finalmente, en esa ocasión no entré en combate porque los argentinos quedaron en inferioridad de condiciones y se rindieron. Entonces fuimos a la batalla de Monte Kent y luego en Monte Challenger. Después fui parte del ataque en Monte Harriet.

-Usted fue formado como un profesional, sin embargo el 12 de junio de 1982 se quebró ante la muerte de un teniente argentino en la Batalla de monte Harriet. ¿Qué lo llevó a quebrarse sobre el final de la Guerra?

-Vos estás asumiendo que porque soy un soldado británico profesional estoy preparado para matar y listo. Y en parte es correcto, pero la parte humana sigue estando ahí también. Hay una historia que le conté a la directora de Campo minado, y no quedó en la obra. Aquel 2 de abril cuando logro entrar a la gobernación para defenderla del ataque argentino, me topo con un enemigo caído. Yo iba con Gordie Gill, un francotirador, y corrimos a ayudarlo. Se llamaba Diego García, tenía dos tiros en el pecho, estaba moribundo e hicimos todo lo posible por reanimarlo. Había una confraternidad y cierto respeto por las reglas de combate. Malvinas fue la última guerra a la antigua. Después, todo se volvió más sucio.

-No contestó aquella situación que lo hizo conmover tanto ante la muerte de un teniente argentino…

-Es que no voy a repetir la historia, es algo muy íntimo y me pondría a llorar ahora mismo otra vez. Eso lo conté en un documental de la BBC y no sé cómo permití que filmaran esa situación. Durante treinta años me sentí muy mal por haber llorado en público por un soldado argentino siendo que habían muerto cientos de ingleses a mí alrededor. Pero lo sentí así.

“Mientras los ingleses se iban para Puerto Stanley, los cadáveres argentinos quedaban desparramados por el campo de batalla. Enterrarlos era una ardua tarea. Vi al primero de ellos que había perdido toda esta parte de la cara (se toma el sector izquierdo del rostro, alrededor del ojo). También estaba herido en la parte izquierda del pecho… No podía parar de pensar en lo que estaba sucediendo. Vi que cargaba una billetera con él y dentro de ella encontramos que tenía una foto de su esposa e hijos pequeños. Cada soldado que encontrábamos estaba todo roto. Podías sentir la agonía que sintió al momento de su muerte, las piernas quebradas, los brazos quebrados… Entonces, un oficial argentino me llamó para que me acercara a él, comenzó a hablarme en inglés sobre la guerra y me de mi país. Estaba muriendo. Me sentí mal por los cuerpos, por sus hijos, por las heridas que tenía, por la forma en que murió (se quiebra y pide parar la grabación)…” (Extracto de la entrevista de Lou Armour en el documental de la BBC Falklands The Untold Story)

Una noche de enero de 2017, ya como actor, Lou Armour salía del GAM, un teatro de Santiago de Chile donde habían presentado Campo minado y escuchó un grito: “¡Lou Armour, gracias por intentar salvarme la vida!”. Era el soldado García que había sobrevivido. “Obviamente yo nunca lo hubiera reconocido porque en aquel momento el soldado argentino tenía la cara pintada con camuflaje negro”, acepta Lou. “Fue una alegría que él se haya atrevido a contactarme. Nos esperaba una gran noche de charla. Comimos sushi con cerveza. Y cerramos la noche con mucho whisky”, cuenta Armour.

La obra alumbrada por Lola Arias cuenta el viaje de seis soldados a la Guerra de Malvinas, sus vivencias más fuertes en el campo de batalla, las cicatrices del conflicto y los demonios que los siguieron en su vida hasta llegar a este lugar donde pudieron abrazarse con el enemigo. Tres veteranos argentinos (Marcelo Vallejo, Rubén Otero y Gabriel Sagastume), dos ingleses (David Jackson y el propio Lou Armour) y hasta un gurkha (Sukrim Rai, uno de los famosos asesinos a sueldo nepaleses que sirvieron a la Corona Británica durante más de doscientos años) sobre el escenario.

La directora Lola Arias recorrió un casting interminable para formar este batallón. Se encontraron por primera vez en abril de 2016 y el primer paso para romper el hielo lo dio Lou: “Había un poco de miedo, más que nada porque ninguno hablaba los dos idiomas. Todos querían saber en qué lugar había estado el otro en la Guerra, por eso le propuse a Lola que lleváramos un mapa para ubicarnos”, recuerda el ex Royal Marine. Obviamente, los veteranos no tardaron en empezar a narrar sus anécdotas que después fueron bajando en un diario: “Yo no había cavado mi trinchera porque pensé que los ingleses no iban a recorrer ocho mil kilómetros para llegar hasta acá”, contaba Gabriel Sagastume que sobrevivió de milagro al primer ataque. “Yo quería matar un gurkha”, agregaba Marcelo Vallejo al lado Sukrim Rai, el mercenario nepalés, que se animó a narrar su vida itinerante por los lugares más remotos del planeta. También estaba Rubén Otero, sobreviviente del hundimiento del Belgrano, que contó sus aventuras con su banda tributo Beatles. Y David Jackson, hoy psicólogo, que se vestía de mujer y tomaba decenas de latas cervezas para animar a la tropa inglesa. Así se fue armando la obra que estrenó en Londres en 2016, vino a la Argentina, dio vuelta al mundo (Nueva York, Edimburgo, Newcastle, Paris, Basilea, Braunschweig, Varsovia, Kioto, Atenas son solo algunas de las ciudades) y fue tan exitosa que hoy se presenta otra vez de miércoles a domingo en el Teatro San Martín.

-¿Te sorprende la importancia que le damos los argentinos a la Guerra de Malvinas?

-Sí, cuando llegas a Buenos Aires ves a las Malvinas en todos lados. En el Obelisco, en la calle, en los aeropuertos. Allá es diferente, la gente no habla de esta guerra.

-¿Y qué significó este conflicto bélico para ustedes?

-Lo realmente significativo de la Guerra de Malvinas (dice Falklands) es que fue la última guerra convencional, la última del estilo británico a la antigua. Con combates cuerpo a cuerpo. De alguna manera, nosotros estábamos entrenados para eso. Siempre pensamos que nos íbamos a enfrentar con los rusos y nos terminamos enfrentando en una guerra tradicional con los argentinos. Después, la guerra se volvió sucia. Irak, Afganistán, ya todo estaba más relacionado con la política norteamericana y con el petróleo.

-¿Cómo fue tu experiencia después de la Guerra? ¿Sufriste algún síntoma de estrés postraumático?

-Soy el único de los seis integrantes de Campo minado que no recibe una pensión de veterano de Guerra porque no me diagnosticaron estrés postraumático.

-Es increíble tu fortaleza, ¿realmente sentís que no te dejó ninguna secuela?

-Bueno, a decir verdad me volví un poco loco después Malvinas y esa locura se manifestó en los cuatro siguientes años en los que estuve con los marines hasta 1986. Empecé a presentarme como voluntario a todas las misiones de alto riesgo que iban apareciendo. De hecho traté de meterme en unas fuerzas especiales submarinas que forman la primera línea de combate, pero no pasé el examen. Por eso decidí salir de los royal marines en el 86.

-¿Habiendo estado ahí y conociendo a estos dos pueblos increíbles desde adentro, le encontraste alguna respuesta al enfrentamiento?

-Es muy loco, todo ocurrió en medio de la tormenta perfecta. Galtieri tenía grandes problemas y necesitaba una guerra para distraer pero le salió el tiro por la culata. Y aquella foto del 2 de abril fue uno de los motivos. Fue una mojada de oreja para los británicos, había que reaccionar. A partir de allí, la popularidad de Thatcher subió notablemente, fue la gran ganadora.

-¿Tienen temas prohibidos con los argentinos de Campo minado? ¿Se puede conversar de soberanía?

-Al principio no se podía, pero las posiciones están bastante claras. Rubén, que sobrevivió al hundimiento del Belgrano, es el más radical de los tres. “Las Malvinas son argentinas”, no hay discusión. Marce Vallejo es más anti guerra y tiene todo un historial de trabajo con veteranos. Y Gaby es más del razonamiento histórico y territorial: “En 1820 el gobernador de Buenos Aires llegó mandó una fragata a tomar posesión de las Islas…”.

-¿Y cuál es tu posición?

-Cuando lo veo al presidente argentino electo, Alberto Fernández, decir que no va a claudicar en el reclamo por el sufrimiento de los que estuvieron en la Guerra, le diría que no es necesario ir por esa vía. Inglaterra está a punto de elegir primer ministro y yo creo que quien resulte ganador le devolvería con gusto las Islas a la Argentina. Son un gasto muy grande y hoy nuestro país atraviesa grandes problemas económicos. Pero en medio de ese tironeo están los isleños y ellos son los que cuentan porque viven allí hace años. Eso es lo que pienso.

Fotos: Gustavo Gavotti

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