Aunque está prohibido por la contaminación del agua, todavía mucha gente se baña en el Río de la Plata

En la dársena F de la Costanera Norte hay una familia de siete personas (un hombre, una mujer, dos nenas y tres chicos) que se refresca en la orilla del río. Son las cuatro y media de la tarde y en la Ciudad la sensación térmica es de 35 grados. Ninguno de ellos quiere hablar con nadie. Solo quieren jugar en la orilla, sumergidos, con el cuerpo entero en el agua porque hace mucho calor.

Al lado de ellos hay cuatro nenes que pescan. No hay adultos alrededor, pero sí un vecino de ellos del Barrio 31, que también llegó al muelle para refrescarse junto a un amigo. “Vengo hace un montón de años, como más de diez”, dice el hombre de 27 años. Cada vez que el termómetro marca altas temperaturas se acerca a este lugar. Asegura que no le tiene miedo a la contaminación del agua. “De todos estos años que me metí nunca me pasó nada. No tuve nada. ¿Me ves con un ojo de más?”.

Uno de los nenes que pesca y también se sumerge en el agua dice que le preocupa la contaminación, pero “ya es costumbre” bañarse allí.

En esta playa, justo frente donde estacionan los camiones del Puerto de Buenos Aires, reina la basura y en algunos sectores se pueden ver peces muertos, descomponiéndose y con olor a podrido. Como en gran parte de la costa del Río de la Plata, está prohibido bañarse. El motivo: el agua está contaminada.

Aunque la prohibición se estableció con ordenanzas de la década del 70 en la Ciudad de Buenos Aires y municipios del GBA como Vicente López y San Isidro, las miles de personas que cada verano concurren al río para refrescarse hacen difíciles los controles para las autoridades de cada distrito y los efectivos de la Prefectura. “Sacar a uno por uno es casi imposible”, coinciden entre las autoridades. Por eso, hay controles presenciales que cuidan, sobre todo, que no haya riesgos de ahogamiento.  

Así, en en algunos lugares hay carteles que advierten sobre la prohibición del baño. Y en los espacios cerrados, aunque con ingreso gratuito, como el Parque de los Niños o la Reserva Ecológica de Costanera Sur, el acceso al río está más restringido. 

Daniel Lumbreras es camionero y junto con su compañero Guillermo Quevedo vienen a la orilla porque no tienen otro lugar para refrescarse. “La mayoría de las veces tenemos que morir acá. Nosotros somos camioneros y cuando estamos en la playa de camiones es inhumano porque no hay árboles, no tenemos duchas gratis, tenemos que pagar y la única que nos queda es el pedazo de río este que dentro de todo está playo, pero todo descuidado”, dice Daniel.

Sabe que las aguas están contaminadas y tiene miedo de que meterse allí le cause alguna enfermedad, pero repite que “no queda otra”. Lo que ambos ven y les preocupa es que hay muchos nenes bañándose, y la única opción es esta playa detrás de la Avenida Costanera Rafael Obligado.

“Estos chicos no tienen adonde ir (señala a tres nenes pescando y que se bañan). Había un muchacho ahí que es cartonero y se vino a meter al agua… es toda gente que no puede ir a ningún lado”, dice Quevedo.

Ricardo tiene 40 años y está recostado en el agua con una gorra roja en la cabeza. Viene de La Matanza y afirma que no le da miedo bañarse en estas aguas. “En mi casa no tengo pileta y vengo acá. Con mi familia nos levantamos temprano los fines de semana y venimos. Traemos la conservadora y nos quedamos hasta las 18, 18.30, que es cuando baja un poco el calor”.

Ricardo Teijeiro es médico infectólogo e integrante de la Sociedad Argentina de Infectología (SAI). Advierte que el peligro de infección depende del grado de contaminación que tenga el agua. En cuanto a los peligros que puede sufrir una persona, Teijeiro dice que “la piel es siempre un buen mecanismo de defensa ante los microbios cuando hay alguna herida, salvo en los lugares donde la infección es más frecuente. Allí puede ingresar el microbio y puede complicarse también con infecciones más graves de la piel”.

“Hay que tener en cuenta que en las aguas contaminadas hay otro riesgo, como la infección ocular (conjuntivitis), las infecciones óticas (otitis), como también las gastroenteritis”, advierte Teijeiro, y agrega: “Si vos consumís el agua, porque al nadar muchas veces se traga, también podes tener riesgos gastrointestinales”.

En Vicente López las playas son de roca pura. No hay arena. Solo lodo y piedra. Alrededor de 50 personas se meten al agua detrás de un gran espacio verde y del anfiteatro Arturo Illia. Justo al lado del Parque de los Niños, donde hay un Buenos Aires Playa, aunque desde allí no hay acceso al río.

Desde ahí, hacia el lado de Provincia hay hombres, mujeres y chicos que se bañan. Aquí también llegan familias enteras con heladeritas, banquitos y galletitas, y clavan la sombrilla para pasar la tarde.

“No voy a mentir, nosotros venimos a la playa porque no hay otros lados para matar el calor. Lo que hay es privado”, dice Paulo Alvarez, de 24 años. Y agrega que le gustaría que saquen las piedras de la playa y que pongan banquitos para que “quede más lindo”.

“Vengo acá desde chico, voy a cumplir 25 y la verdad es que yo nunca había visto que pasara algo, o que alguien se enfermara. Hasta el día de hoy me vengo a meter y nunca tuve nada”, agrega Paulo con respecto a la contaminación del agua.

A su lado está Micaela Rivarola, su pareja. Ella dice que “las orillas del agua están sucias, pero más al fondo no”. Añade que nunca escuchó que haya pasado algo allí y se queja por la limpieza del lugar: “¿Por qué no limpian acá? Porque viene gente pobre. Y la gente se va a seguir metiendo. Entonces, ¿por qué no limpian acá que están las piedras y los nenes se lastiman?”, se queja.

Al caminar por la playa de rocas se ven pañales, botellas de vidrio y plástico, envoltorios de papas fritas y frascos. En el agua también flotan residuos, y eso es lo que no le gusta a Belén Noriega, quien llegó con su bebé y sus hermanas. “A mí no me gusta meterme. Hoy me metí por el calor. Uso ojotas para no estar tocando y viendo lo que está flotando. Al bebé le digo que cierre la boca porque hay de todo”.

Ya son las ocho de la noche pero la temperatura tampoco cede en el río de Quilmes: la sensación térmica es de 34 grados.

En ese distrito del sur del GBA el acceso al río es más fácil gracias a unas escaleras que recuerdan que en los primeros años del siglo XX esto fue un gran balneario. Llegaba gente de todas las clases sociales, de todas partes de la Ciudad y del conurbano para hacer picnics de verano.

Hay mucha gente en el agua. Mientras tres chicos se zambullen y juegan en un charco gigante, un hombre de 40 años que los cuida dice que “nunca se bañó”, pero que no teme por los niños.

Dos días después, la térmica ronda los 40 grados y dos nenes pescan con una gorra en un charco de mojarritas, de botellas y basura. Una pareja lleva a su nena de tres años al agua y se divierten a la altura de la última construcción del Pejerrey Club, pero todavía están muy lejos de la altura en la que termina el muelle. Dos hermanos salen del agua y no tienen miedo de la contaminación del río, dicen que “el calor es mucho más importante”.

Pese a que hay una bandera roja que indica que está prohibido bañarse, los vecinos de la ribera se meten igual. Además de la bandera hay guardavidas que cuidan a quienes se meten al río.

“Cuando hablamos de la contaminación del Río de la Plata y del peligro de bañarse, estamos hablando de la contaminación de la franja costera. Una franja de entre 80 y 120 metros de distancia de la costa es lo que está en peores condiciones, porque recibe los residuos básicamente cloacales de todos los arroyos que provienen de la Provincia de Buenos Aires o de la propia Ciudad”, dice Mora Arauz, coordinadora de la Fundación Ciudad, una organización que busca contribuir a la preservación y el desarrollo de la calidad de vida urbana en el país.

Añade que, como el Río de la Plata es un estuario, hay corrientes que traen de vuelta de sur a norte o de este a oeste la contaminación y “esto hace que sea sumamente peligroso porque se producen enfermedades de piel y respiratorias que pueden llegar a ser graves. Por este tema se prohibió el baño en esa franja costera: tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el conurbano”.

Arauz agrega que es un tema de salud pública y que habría que tomar medidas para frenar la contaminación industrial: no solamente vuelcan sustancias minerales como el plomo, el cobalto o el mercurio, también denuncia que una industria frigorífica arroja restos de animales.

“Esperemos que en algún momento la opinión pública sea lo suficientemente fuerte como para forzar a los gobiernos a realmente tomar medidas, como lo hizo Uruguay, donde se hicieron las obras para que los contaminantes cloacales no llegaran a la playa”, concluye Arauz

Agustín Cassano

SC