Función privada

Recordarás el afable programa televisivo de difusión cinematográfica de Berruti y Morelli, rememoró mi amigo Zorba, en los albores de nuestra democracia. Una buena película, bien comentada, acompañada de un licor de referencia. Era el equivalente cinéfilo de Cordialmente, el no menos exitoso y amable programa de Mareco.

Por aquellos mismos años Priscila, mi vecina, emigró, por cuestiones de trabajo de su padre, a México: cuando tantos argentinos regresaban, ellos se marchaban. Y con ella, una ilusión. Como ocurría en alguna de las películas que nos deparaba el eficaz dúo de periodistas, supongamos Asignatura pendiente o Solos en la madrugada, nuestro amor con Priscila nunca comenzó, por lo que tampoco concluyó. Todo lo que termina, termina mal, sentencia Calamaro. Pero… ¿lo que no empieza?

Sospecho que los amores pendientes, con el correr de los años, enfrentan dos destinos: se pudren o florecen. Pero hasta entonces se mantienen vigentes en el formol perfumado de lo incierto. Priscila regresó sola, treinta años después, de una ciudad mediterránea llamada Abril, que por su nombre parecía más un tiempo que un lugar. Habitó nuevamente la casa, ahora vacía, de sus padres; yo aún vivía enfrente. Permanecí en aquel mismo edificio, desde que ella se marchó, luego con Marita, de quien ya me había divorciado. Ahora de nuevo solo: mi estado natural. Priscila era una mujer sofisticada y muy culta; bióloga molecular o astrónoma, elegí vos. Su rigor científico no le restaba dulzura, tenía algo de leve y luminoso.

Me había quedado, de mi fracasado matrimonio con Marita, el televisor a secas: sin Smart. Como consuelo, también conservaba el reproductor de DVD. Fui uno de los pocos que te acompañó cuando escribiste aquella nota contra la piratería, por la cual te insultaron quienes quieren que los artistas vivan del viento, pero de todos modos beneficiarse con sus producciones. El streaming no ha hecho sino darte la razón: la mayor parte de esos mismos hoy paga por las películas o series que consume. Pero muy temprano en la era digital yo continué comprando películas originales. Tengo una nutrida filmoteca de dvd, ordenada por directores, actores, o temática, según me plazca: Buñuel, todo Stallone, Kinski, Roger Moore, Peter O’Toole; Hitchcock, Truffaut. En fin, no te quiero aburrir. Alguna de las películas están sueltas, porque son un género en sí mismo, como una isla o como la propia de ciudad Abril: Casablanca. Esa era la que debía compartir con Priscila. Por nuestros saludos en el almacén, nuestros buenos días y el reencuentro apurado en la vereda, la persistencia de su halo me susurraba: Casablanca; con Bogart y Bergman, Priscila amerizará en tus costas, tú en las suyas. Será.

Fatalmente, un anochecer de un cielo impronunciable, ya pasadas las 19, pero sin que se avizorara la noche, le pregunté a Priscila si al día siguiente, al mediodía, quería venir a almorzar a mi casa y a ver juntos Casablanca. Me dijo que a almorzar no, pero a ver Casablanca sí.

No di una vuelta carnero en el aire delante de ella porque me pareció que podía preocuparla, pero me puse muy contento. El dvd me sonreía desde el estante, sellado al vacío en su celofán. El precio que aún figuraba en la etiqueta era irrisorio: la había comprado cuando por ese dinero se podía almorzar; hoy no compraría ni un chicle. Yo me permitía improvisar pero, por las dudas, ya había pergeñado mi bocadillo: cuando Bogart dijera: “Siempre nos quedará París…”, yo pondría pausa, miraría a Priscila a los ojos, y le diría: a nosotros siempre nos quedará la vereda de enfrente. Sutil referencia a Borges, directa implicación al romance: a todo o nada, a suerte o verdad.

Llegó el día y ella perfumada. Polera negra, pelo en rodete. Me intimidó tanta belleza. Pero le entré al coñac y bajé la ansiedad. En vez de hacerme cumplir con la puesta en función de la película, la propia Priscila no le escatimó al coñac y distendió el ambiente. “Es hora”, dije. Y coloqué el dvd en el reproductor. El control remoto funcionaba a la perfección, y el redondel plateado se deslizó con una sutileza encomiable en su circunferencia móvil. Entonces, en lugar del logo de la Metro y el león rugiente, aparecieron en pantalla la Coca Sarli y Armando Bó.

Te repito: yo abrí la caja sellada de Casablanca, vi perfectamente el dibujo clásico de Casablanca en el dorso del dvd propiamente dicho, puse ese mismo dvd en el reproductor… Y aparecieron Isabel y Armando, no me acuerdo cómo se llama la película, pero aparecen ellos dos en China. Es una escena particularmente inusual, porque el resto de la trama no tiene ninguna relación con China, ni Armando actúa en el resto del filme: de pronto, de la nada, los dos surgen en China, no como los personajes, sino literalmente como Isabel y Armando, en un video casero, visitando Pekín, en un rickshaw. Del mismo modo extemporáneo e ilógico en que aparecieron de pronto en la pantalla de mi televisor clásico cuando puse Casablanca en el reproductor de dvds. No era que no funcionara el dvd y apareció la tele: estaba reproduciendo, se podía poner pausa. Yo siento una empatía ininterrumpida tanto con Isabel Sarli como con Armando Bó; un cariño inalterable, no sabría decirte bien por qué, acaso ningún cariño inalterable pueda explicarse. Pero no era a ellos a quienes quería ver en mi pantalla, con Priscila sentada a mi lado, dos copas de coñac, en ese momento, en mi casa de solitario por una vez acompañado.

Priscila, no obstante, se rió de la ocurrencia, y luego me besó. Pero durante y después, yo estaba como ido. No hice el papelón. Pero algo en mí se evaporaba. ¿Cómo carajo podía ser que habiendo puesto Casablanca hubieran aparecido Armando y Coca?

Priscila me preguntó qué me pasaba y le revelé mis cavilaciones. Creo que no le gustó. Hubiera preferido que me concentrara más en ella. Pero yo trataba de explicarle que me sentía como en el capítulo de Los tres chiflados en el que el mayordomo negro, con piloto y galochas, exclama: “Esta casa está embrujada”. “Esta Casablanca está embrujada”. O, en el mismo sentido, la fenomenal escena de Ran, de Kurosawa, que la tengo por director, cuando el principal consejero del rey ironiza: “Oh, se ha convertido en zorro”.

Casablanca, embrujada, se había convertido en Isabel y Armando en China. Priscila se fue, no sin cierta decepción, percibí. Ella regresó a Abril, y yo a la soledad.