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Lugares de Buenos Aires construidos sobre cementerios: "Es lógico que haya espíritus"

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Los camiones de basura entran y salen. Hace calor, los conductores tienen las remeras arremangadas y dejan que el brazo izquierdo les cuelgue por afuera de la ventanilla. Están en el corralón municipal, ubicado en la Avenida Varela 555, en el barrio de Flores. Un predio que usa el gobierno de la Ciudad para estacionar ese tipo de camiones y como depósito de contenedores en desuso. Los que manejan esas moles con una sola mano parecieran ser hombres de cierta rudeza, sin embargo, Diego Keller, que trabaja como vigilante en el lugar, dice que vio a uno de ellos salir corriendo con los pantalones por los tobillos y lagrimas en los ojos. «El muchacho estaba en el baño y salió corriendo, gritaba y lloraba porque había visto un espíritu. Y es lógico que eso pase, si estamos arriba de un cementerio. Allá atrás, si excavas un poco, vas a encontrar cajones», dice.

El predio está construido sobre el segundo cementerio de Flores, clausurado el 1 de enero de 1872, y no hay un registro del traslado de todos los muertos al tercer y actual cementerio ubicado en la calle Balbastro 2587. El primer cementerio del barrio fue habilitado el 1º de septiembre de 1807, y en la actualidad está debajo de la calle Rivera Indarte, entre la Avenida Rivadavia y Ramón Falcón, por donde pasan cientos de autos a diario.

Al entrar al corralón, de mano izquierda, está la campana que pertenecía al cementerio. Todos ahí tienen prohibido hacerla sonar, temen que el sonido, como dice el mito, despierte a los muertos que están unos pocos metros debajo de sus pies. Al lado de la campana está el monumento a la madre, que es la estatua de una mujer con un bebé en brazos. «Dicen que este era el lugar de los angelitos, es decir, donde enterraban a los chicos», argumenta Claudia Angioi, que dirige el corralón desde una oficina cercana a la zona de los niños.

«Siempre hay espíritus en la zona del vestuario. Se prenden solas las duchas, se abren los armarios. Una tarde me fui a bañar y escuchaba como se abrían los lockers donde guardamos las cosas. Pero uno se acostumbra», explica Oscar Rodríguez, de 52 años, chofer de uno de los camiones ahí estacionados. «Yo vi la cara de un hombre que se asomó por atrás del bidón de agua y empecé a rezar. En mayo trajimos a un cura para que bendiga el lugar y estemos protegidos. De acá, muchas veces, te vas con una energía extraña», dice Verónica Rodríguez, de 46 años, una de las empleadas que trabaja en el corralón.

El recorrido continúa en el barrio de la Chacarita, donde está ubicado uno de los cementerios más conocidos de la ciudad. Ahí está el parque Los Andes, una plaza que ocupa dos manzanas y que es frecuentada por los vecinos del barrio. Uno de ellos es Ernesto Montañez, de 70 años, que a las 11 de la mañana está haciendo gimnasia en el parque. Vive en el barrio hace 40 años y sabe muy bien que ahí abajo no solo hay tierra. «Estoy al tanto de que esta plaza era un cementerio, me genera un poco de dolor, es raro. Yo de noche si estoy solo no vengo, si paso por acá, es acompañado», argumenta Montañez mientras ejercita sus brazos.

«A fines de 1867 se abrió el cementerio por una gran epidemia de cólera en esa zona, según dice en el Censo de la Capital Federal de 1887. En 1870 además llega la noticia de que en los límites con Brasil había una grave enfermedad llamada fiebre amarilla. La fiebre llegó a fines de enero de 1871 a Buenos Aires y el gobierno nacional, mediante un decreto firmado por Antonio Malaver, dispuso que se haga un nuevo cementerio general en los terrenos de la Chacarita, ese es el Cementerio del Oeste, que está sobre la calle Girardot. Y el 14 de diciembre de ese año se abrió otro cementerio que se fue ampliando hasta la superficie que conocemos hoy en día», explica Hernán Vizzari, quien se dedica a estudiar la historia de los cementerios y en 2017 fue nombrado por la Legislatura porteña como personalidad destacada de la cultura por su labor como investigador.

Aunque hoy no sea conocido por sus cementerios, el barrio de Belgrano también tiene una historia llena de entierros. En la Plaza Barrancas de Belgrano Mónica Miranda, de 62 años, está haciendo un pícnic junto a sus dos nietos. «¿Un cementerio acá abajo? Vivo hace 10 años en el barrio y nunca supe esto», exclama mientras los dos chicos escuchan azorados la explicación de Vizzari: «Acá, sobre La Pampa en la esquina con Arribeños, estaba la Capilla de la Calera y el camposanto anexo. El oratorio de la Calera era un edificio de 1726 y se lo llamaba de ese modo porque los jesuitas pulían rocas y conchillas que encontraban por la cercanía que tenía el lugar al río, y con eso armaban una especie de cal, material que usaron para armar la capilla».

Otro de los cementerios, el segundo que se hizo en Belgrano, está en un terreno baldío, entre las calles Ricardo Balbín y Monroe. El lugar está cercado por carteles de publicidad y adentro solo se ve la maleza que creció sin control. Aunque es una esquina valiosa para construir, ahí jamás edificaron. Todos los proyectos que se iniciaron terminaron truncos. Ese camposanto funcionó entre 1860 y 1875.

En paralelo, se empezó a construir, en 1874, el cementerio que ahora está debajo de la plaza Marcos Sastre, en Villa Urquiza, que antiguamente pertenecía al partido de Belgrano. El lugar contaba con una entrada de grandes columnas, árboles y una puerta de hierro. Ahí se encontraban inhumados los restos de muchas familias notables, entre ellos estaban los del escritor Marcos Sastre, él vivía donde actualmente está la esquina de Blanco Encalada y Arribeños. Cuando el barrio empezó a crecer los vecinos formularon peticiones para que se clausurara, y en 1898 lo lograron: cerraron el cementerio y coincidió con la inauguración del actual Cementerio de la Chacarita, que había empezado a funcionar en 1896.

«El mundo es un gran cementerio», dice Vizzari y, de algún modo, está en lo cierto, solo que el tiempo se lleva las lápidas y las bóvedas, las puertas de hierro y los pinos. Al final solo quedan los mitos que nadie se atreve a derribar. Como el de aquella campana negra en el barrio de Flores, que permanece inmóvil, como si fuera un objeto maldito.

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Villa Urquiza

Parque Ferroviario de Villa Urquiza: cómo será el nuevo espacio verde que proyecta la Ciudad

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Villa Urquiza tendrá un nuevo espacio verde público junto al principal nodo de transporte de la zona. El Gobierno de la Ciudad presentó el proyecto para transformar el antiguo predio ferroviario ubicado entre las avenidas Triunvirato y Franklin D. Roosevelt, las vías del ferrocarril Mitre y la estación Juan Manuel de Rosas de la línea B.

La intervención contempla la incorporación de 5.920 metros cuadrados de superficie verde y una renovación de más de 9.700 metros cuadrados de espacio público. Según la Ciudad, la obra beneficiará de manera directa a más de 50 mil vecinos y personas que circulan diariamente por este punto de Villa Urquiza.

Uno de los objetivos principales es que el nuevo parque no quede aislado, sino que se conecte con la cercana Plaza Casal y forme un corredor verde dentro del barrio. Para eso se ampliarán veredas, se mejorarán los recorridos peatonales y se trabajará sobre la accesibilidad en un área por la que pasan miles de pasajeros del subte y del tren.

Árboles, sombra y espacios para quedarse

El proyecto prevé conservar los árboles existentes y sumar nuevas especies. También habrá sectores de sombra, bancos, cestos y postas aeróbicas para quienes quieran utilizar el lugar para descansar o hacer actividad física.

En la esquina de Triunvirato y Roosevelt se demolerán las actuales estructuras de hormigón para liberar el terreno y darle lugar al parque. Además, se colocarán nuevas farolas peatonales destinadas a mejorar la iluminación de los caminos y aportar mayor seguridad durante el uso cotidiano del espacio.

El diseño también incorpora sectores preparados para ferias barriales y actividades culturales, una posibilidad que puede darle al lugar un uso comunitario más allá del paso hacia el subte o el ferrocarril.

Otro aspecto previsto es el manejo del agua de lluvia. El parque tendrá un sistema de drenaje urbano pensado para favorecer la absorción del agua y reducir la acumulación durante las precipitaciones.

Un parque conectado con el tren y el subte

Para los vecinos que utilizan el transporte público, uno de los cambios más visibles estará en las conexiones peatonales. El nuevo espacio quedará integrado con la estación Juan Manuel de Rosas de la línea B y con la estación Villa Urquiza del ferrocarril Mitre, formando un recorrido más continuo entre ambos medios de transporte.

La propuesta, además, busca conservar parte de la historia del lugar. La identidad ferroviaria del predio será incorporada al diseño mediante la preservación de elementos estructurales vinculados con su pasado.

Según informó el Gobierno porteño, el proyecto fue discutido en tres encuentros participativos con vecinos de la Comuna 12. Allí se recibieron propuestas que, de acuerdo con la Ciudad, fueron incorporadas a la versión final.

Para Villa Urquiza, la transformación de este terreno ferroviario representa así la aparición de un nuevo espacio público en una zona de enorme movimiento cotidiano, con más verde, lugares para permanecer y una conexión directa con la Plaza Casal, el subte y el tren.

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Saavedra

La panadería de Saavedra que puso a la Argentina en el podio mundial

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En Saavedra hay una panadería que lleva el nombre del barrio mucho más lejos de sus calles. Se trata de Artiaga, el tradicional comercio de Zapiola 4782, que acaba de ser distinguido internacionalmente por su trayectoria y por la elaboración artesanal de sus productos.

La revista británica LUXlife le otorgó el premio “Heritage Craft Bakery of the Year 2026 – Argentina”, un reconocimiento que pone en valor la historia, la elaboración tradicional y el trabajo sostenido de la familia detrás del negocio.

La historia de Artiaga está ligada al barrio desde hace décadas. El horno que todavía forma parte de la producción fue fabricado en 1931, mientras que en los años 80 Antonio Rodríguez y su esposa Alba, inmigrantes que apostaron por el comercio de cercanía, adquirieron el local. Hoy la tercera generación continúa al frente.

De Saavedra a los grandes escenarios de la panadería mundial

El reconocimiento británico se suma a una trayectoria que ya tuvo capítulos importantes fuera del país. En 2025, el equipo argentino consiguió el subcampeonato en el Mundial de Panettone de Italia, realizado entre Verona y Milán.

Además, el grupo obtuvo nueve premios internacionales en esa edición y acumuló 15 reconocimientos internacionales relacionados con este producto.

Entre las especialidades de Artiaga aparecen los panettones preparados con masa madre y fermentaciones largas, además de productos que forman parte de la identidad propia de la casa. Uno de los más curiosos es “la paracaidista”, una factura que nació, justamente, a partir de un error al cortar la masa de las medialunas.

También recibió reconocimientos nacionales como Mejor Panadería Clásica Argentina en los Premios Clarín durante 2022, 2023 y 2024, y el premio al Mejor Panettone de Argentina 2021.

Para los vecinos de Saavedra, el dato tiene un sabor especial: detrás de una panadería que conserva recetas, técnicas y un horno de otra época, hay un negocio nacido y sostenido en el barrio que logró llevar la tradición argentina de la panadería hasta el podio internacional.

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Saavedra

Saavedra celebra la continuidad de un espacio querido por los adultos mayores

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Una buena noticia para los adultos mayores de Saavedra quedó confirmada: la Legislatura porteña aprobó de manera definitiva la continuidad del Centro Recreativo Saavedra durante otros 20 años en el predio donde funciona, en la zona de Valdenegro y Miller.

La norma fue aprobada por 57 votos, todos a favor, y permite que esta histórica institución continúe utilizando de manera gratuita el espacio de la Plazoleta 1° de Marzo. Allí, sus propios socios sostienen desde hace años un lugar pensado especialmente para compartir, hacer actividades y mantener una vida social activa.

Un lugar para encontrarse y disfrutar

El Centro Recreativo Saavedra no es solamente un espacio para practicar deportes o participar de talleres. Para muchos vecinos mayores, representa también la posibilidad de salir de casa, encontrarse con amigos, conversar, tomar un café y compartir algunas horas del día.

Entre sus propuestas aparecen actividades recreativas como tejo, bochas y juegos de salón, además de diferentes talleres culturales. Todo se desarrolla con una mirada puesta en los adultos mayores y en la importancia de mantener los vínculos sociales y comunitarios.

En un barrio donde las instituciones cumplen un papel fundamental, contar con un espacio de estas características durante las próximas dos décadas significa mucho más que conservar un inmueble: permite mantener abierta una puerta para la participación y el encuentro entre generaciones.

Una continuidad que llevó varios pasos

La autorización anterior para utilizar el predio había sido otorgada en 2006 por un período de 20 años. Al acercarse su vencimiento, se impulsó una nueva norma para garantizar la permanencia de la institución.

El proyecto, presentado por el legislador Sergio Siciliano, tuvo una primera aprobación en noviembre de 2025 y posteriormente pasó por una audiencia pública realizada en junio de 2026, antes de llegar a la sanción definitiva.

El permiso establece que el inmueble deberá continuar destinado exclusivamente a las actividades sociales, culturales, recreativas y deportivas del Centro Recreativo. También fija obligaciones de conservación, higiene, seguros y mantenimiento.

Así, el Centro Recreativo Saavedra podrá seguir siendo durante otros 20 años ese lugar tan necesario para los vecinos mayores: un espacio donde todavía tienen valor el encuentro cara a cara, una partida de bochas, una charla entre amigos y ese cafecito compartido que muchas veces también forma parte de la vida del barrio.

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