Villa Urquiza
Alumnos y comuneros se unen en la plantación de un ceibo en Plaza Echeverría para celebrar el Día de la Flor Nacional
En conmemoración del Día de la Flor Nacional, celebrado cada 22 de noviembre en Argentina, un grupo de alumnos de escuelas de la Comuna 12 y dirigentes de nuestra Comuna 12 se reunieron en la Plaza Echeverría para llevar a cabo la plantación de un ceibo. Esta actividad, impulsada por el Club de Leones de Villa Urquiza, buscó resaltar la importancia de esta emblemática flor en el país.
La ceremonia tuvo lugar en un sector de la Plaza Echeverría, uno de los espacios verdes más representativos de Villa Urquiza. Gabriel Borges, presidente de la Comuna 12, y Nicolás Spinelli, miembro de la Junta, encabezaron la plantación del ceibo al mediodía. La iniciativa contó con la participación de la Policía de la Ciudad y diversas escuelas de la zona, invitadas por la Comuna.
Nicolás Spinelli resaltó la sencillez y el simbolismo de la actividad, destacando que su objetivo principal era conmemorar el Día de la Flor Nacional. Esta celebración se remonta a 1942, cuando el Poder Ejecutivo, a través de una encuesta realizada por un periódico, designó al ceibo como la flor representativa del país. El ceibo se encuentra en distintos países de la región, como Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, principalmente cerca de cursos de agua como el Paraná y el Río de la Plata.
El ceibo se caracteriza por tener una flor de entre 6 y 10 centímetros de tamaño, de gran robustez. Sus pétalos presentan surcos pronunciados y son ampliamente utilizados en la industria textil para teñir telas. Su período de floración abarca desde octubre hasta abril, coincidiendo con la temporada de primavera-verano. Además de su valor estético, el ceibo también posee propiedades medicinales y su madera se utiliza en la fabricación de instrumentos artesanales, como el bombo leguero.
Cuenta la leyenda del ceibo…
Según la tradición oral, la flor del ceibo nació cuando Anahí fue condenada a morir, tras participar en un cruento combate entre su tribu guaraní y el ejército invasor. Hasta allí, la niña cantaba feliz en la selva, con una voz dulcísima, tanto, que se decía que los pájaros callaban para escucharla. Pero un día resonó el ruido de las armas. Se dice Anahí luchó tanto como pudo pero que finalmente fue apresada y condenada a la hoguera.
Los soldados la ataron a un tronco, amontonaron a sus pies pajas y ramas secas, y al rato una roja llamarada la rodeó de fuego. Ante el asombro de los que contemplaban la escena, Anahí comenzó a cantar. Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que le entregaba su corazón antes de morir.
Su voz estremeció a la noche, y la luz del nuevo día pareció responder a su llamado: consumido el fuego, los soldados se sorprendieron al ver que el cuerpo de Anahí se había transformado en un manojo de flores rojas.