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Argentina, tierra de inmigrantes: la historia del hotel donde empezó todo

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En la puerta del edificio donde todo empezó hay un estadounidense que grita: That’s why I went fucking crazy (es por eso que me volví loco). Alto, rubio, de camisa y jean, discute por celular sentado en el marco de un ventanal enorme. Está abstraído en su enojo y es un recién llegado en las oficinas de la Dirección Nacional de Migraciones, ahí donde se tramitan documentos para entrar al país y radicarse. Sus quejas, quién sabe fundadas en qué, se escuchan del otro lado de la puerta, donde más de 30 personas esperan a ser atendidas. Hay mostradores, carteles que dicen «forme fila por favor» e hileras de sillas. Algunas están ocupadas por grupos: se distingue uno de suizos por una camiseta y otro de hombres y mujeres con rasgos orientales. Otras sillas son terreno de solos con caras y ropas impersonales. Pueden ser de cualquier parte del mundo.

“Buenos días, necesito rastrear la fecha en la que llegó mi nono”, dice una mujer a dos prefectos que están junto a la puerta. No usa la palabra abuelo o antepasado. Es una mujer de 60 años que dice nono a un par de desconocidos. Y ellos no se sorprenden, porque así de íntima es la búsqueda de datos en las oficinas de migraciones en Retiro, a metros del Río de la Plata. “No, señora. Es al lado, en el Museo. Ahí hay computadoras en las que puede consultar”, le responden y con señas le indican por dónde ir. La mujer les agradece, abre la puerta y sale. Pasa enfrente del yanqui gritón, camina 50 metros sobre baldosas parecidas a las galletitas Lincoln y entra al Museo de la Inmigración, que antes fue el Hotel del Inmigrante.

Parado en el hall del museo, entre libros y valijas del siglo pasado, está Marcelo Huernos. “Acá vienen muchos periodistas o documentalistas internacionales y se sorprenden porque este lugar no perdió su identidad. Sigue siendo un espacio para los inmigrantes”, dice mientras saluda y da la bienvenida. Es un hombre largo que impone presencia en un edificio todavía más inmenso. “La relación se mantiene. Antes era el punto de alojamiento, previo a que el inmigrante encontrara una vivienda y un trabajo; ahora es el lugar donde gestiona sus papeles y su memoria”.

Es uno de los primeros edificios de la Ciudad hecho en hormigón armado. Tiene una superficie de 90 metros de largo y 26 metros de ancho. Foto: Gentileza MUNTREF

Marcelo Huernos tiene su raíz materna en abuelos italianos y en una tradición familiar paterna que cuenta que su tatarabuelo era vasco y llegó a la Argentina en 1850. Pero ni él, historiador e investigador de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, con acceso a archivos y documentos, pudo todavía confirmar esa última parte de su árbol genealógico. Quizás sea porque en una población como la argentina -pura mezcla- los datos hacia arriba (de abuelos o bisabuelos) muchas veces se pixelan. Tal vez para darles definición esté esperando ahora, a espaldas de Marcelo, la mujer que pregunta por su nono.

Forma fila frente a una computadora del museo, detrás de otra mujer que carga varios sobres de papel madera y desplegó sobre el mostrador hojas con una caligrafía que ya no se ve. “Muchos de nuestros visitantes se acercan para recuperar algo de su antepasado migrante y para llevarse el certificado de desembarco que se da en forma gratuita», explica Marcelo. Alude a un diploma que se entrega después de consultar los registros del Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos. Es un buscador, disponible en forma online y en las computadoras del hall, de aquellos que pasaron por el puerto de Buenos Aires entre 1882 y 1960. Un Google de inmigrantes con puerto, barco, estado civil, religión, año y ocupación al momento de pisar la Argentina.

El certificado de desembarco que se da en forma gratuita» el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos.

“Pero también nos visitan desde alumnos de jardín, primaria y secundaria, pasando por contingentes de jubilados, hasta turistas que desembarcan de los cruceros que atracan en Puerto Madero. Cada año, en temporada, son más”, dice Marcelo.

Marcelo Huernos es historiador e investigador. Está a cargo de las exposiciones sobre migración en el Museo. Foto: Luciano Thieberger.

Como productor de las muestras temporarias y fijas, tiene que pensar contenidos para ese público cruzado, que representa 20.300 personas por mes y además abarca a los seguidores de las exhibiciones artísticas que ofrece el Centro de Arte Contemporáneo. Tanto ese espacio como el museo, dependen de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Los dos convergen en la planta baja y en el tercer piso del ex Hotel de los Inmigrantes. Ahí, en la avenida Antártida Argentina, en el kilómetro cero de millones de extranjeros en el país.

Nosotros los inmigrantes

Entre el primer y segundo censo nacional, la población argentina se duplicó. En el lapso de 26 años, pasó de casi 1.900.000 habitantes a casi 4.100.000. En el medio, hubo muchísimos cambios tanto en lo político, como en lo económico y social. Pero la modificación con más peso fue la inmigración, que atravesó todo.

En 1850 la palabra laburo no se decía entre los argentinos. Medio siglo más tarde era de lo más común. La pasta o la pizza tampoco estaban en la dieta del siglo XIX -basada en el puchero o la carne asada-, pero medio siglo más tarde la pasta ya era la comida familiar de los domingos. Y ya no hubo costumbre culinaria que no se modificara. Los italianos sumaron los spaghetti, ravioli y risotto. Los españoles los mariscos y el pescado. Mientras que los que venían de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Europa oriental incorporaron los guisos y la pastelería. Marcelo Huernos lo graficó claro en uno de sus tantos escritos sobre migrantes: “En 1850 las panaderías de Buenos Aires ofrecían tres tipos de pan, en 1880 ya eran ocho las variedades, todas con fuerte influencia italiana y francesa”.

Inmigrantes senegaleses llegados a Buenos Aires para trabajar en un ingenio en Tucumán. Abril de 1899. Archivo General de la Nación. Departamento Documentos Fotográficos. Caja 3241. Inventario 323373.

Los registros sobre inmigración son casi fundacionales. En 1812, dos años después de la ruptura colonial, el Primer Triunvirato sancionó el primer decreto sobre inmigración y poco después se creó una comisión dedicada al tema. Pero, según los expertos, fue recién a partir de 1830 que empezaron a llegar en mayor caudal los inmigrantes. En esa época para los recién llegados se estipulaba alojarlos en una casa cómoda y alimentarlos por 15 días mientras buscaban trabajo.

Un grupo llegado de Gran Bretaña fue el primero en usar esos servicios en unas habitaciones en el convento de los Recoletos, en 1825. Ese fue el primer hotel de inmigrantes, que volvió a alojar en 1833 a un contingente de las Islas Canarias.

“La baja densidad de la población argentina fue una preocupación de los distintos gobiernos a los largo del siglo XIX e inicios del XX. La falta de mano de obra quiso ser resuelta con el llamado a inmigrantes”, dice Marcelo, ya sentado a una mesa, en el hall de entrada del exhotel. “Para las autoridades esa inmigración tenía un propósito doble: proveer los brazos para el trabajo y mejorar -abre comillas con sus dedos largos- la ‘raza argentina’ con la llegada de habitantes del norte de Europa”.

Contingentes de inmigrantes en el comedor de uno de los hoteles previos al definitivo de Dársena Norte. Noviembre de 1905. Caja 3241. Inventario 165688

Pero del Primer Virreinato a 1905, cuando se aprueba la construcción del último y más importante hotel de inmigrantes que hoy es museo y centro de arte, pasaron cientos de miles de extranjeros y otras casas de asilo. Fueron previas y de lo más variadas. Hubo una en Corrientes y 25 de Mayo: era tan mala que los inmigrantes ingleses juntaban fondos entre sus compatriotas para evitar que los recién llegados fueran ahí.

También hubo en la zona de la Plaza San Martín y en lo que hoy es La Rural. Incluso se abrieron asilos en Caballito, en las actuales Rivadavia, Centenera, Cachimayo y Alberdi; y se alquiló un espacio en San Fernando, 30 kilómetros al norte del centro de la ciudad. Por la distancia, el hotel estaba casi caído del mapa. Aún así tuvo sus noticias: en 1886 durante una epidemia de cólera en Buenos Aires, vecinos hicieron una protesta ante el gobierno municipal porque había contagios en lo que entonces era el pueblo y dentro del hotel. Pese a las quejas, siguió funcionando.

Simulacro en el barco. Cientos de inmigrantes con sus salvavidas en la cubierta del Augustus, en 1939. Foto: Colección Muntref

La necesidad de un hotel definitivo, para responder a la demanda de los inmigrantes que bajaban de los barcos, era discurso repetido. Como hoy -con la pobreza, la inflación y el aumento del dólar- los políticos insistían con la urgencia de resolver el problema, pero no aportaban la solución.

“Para hacer esto -Marcelo mira alrededor- mandaron a una persona de la Dirección de Migraciones al hotel de los inmigrantes de Ellis Island, en Nueva York. Este espacio es más humano: acá la gente llegaba y podía irse, no había cuarentena, ni estaban encerrados en una isla”, compara.

El predio elegido para plantar la réplica fue la Dársena Norte, entre Puerto Madero y Retiro. Eran seis hectáreas de tierra aislada y baldía. Lo primero que se levantó fue el desembarcadero, inaugurado a fines de 1907. Después, varios pabellones donde funcionaban un hospital, un depósito de equipajes, una oficina de correos, otra de trabajo y dependencias administrativas, con un Banco Nación incluido. Para lo último quedó el comedor y los dormitorios. El proyecto, que había sido programado para ser terminado en veinte meses, se prolongó por seis años. Y se inauguró en 1911 con el presidente Roque Sáenz Peña y festejos, pero sin terminar. Eso ocurrió recién un año más tarde.

De ningún lado del todo y de todos un poco

“¿Podemos ir por la escalera? Quiero recordar”, dice Irene Szijan. Es una mujer de cuerpo chico y ojos verdes. Muy hermosa. A pocos metros de distancia hay un ascensor vidriado, con mirador hacia el Río de la Plata, pero a los 81 años prefiere subir, uno a uno, los escalones que separan la planta baja del tercer piso del museo. Las escaleras de mármol, las barandas y los mosaicos de las paredes son los mismos que ella conoció el 17 de enero de 1949, cuando junto a su mamá y su tío llegó a la Argentina. Tenía 10 años.

Vino en un buque militar norteamericano que zarpó del puerto de Bremen, Alemania. El viaje iba a durar dos semanas, pero en lugar de eso fueron tres. Una tormenta en el Canal de la Mancha generó el tiempo adicional. Y a ese problema se sumaron otros: Irene enfermó de sarampión y debieron aislarla. “En el barco había una especie de hospital. Me pusieron en una salita con otros chicos. Eran chiquitos y lloraban todo el tiempo. Después, me pasaron a la sala de adultos. Ahí estuve mejor, mi mamá era médica y se empleó de enfermera para atenderme”, dice sin mirar a sus interlocutores, agarrándose de la baranda y observando lo que la rodea. Da pasos cortos, se queda en silencio y sigue: “Al darme el alta vi que la gente estaba haciendo una vida linda: me acuerdo que las mujeres estaban en la cubierta en malla tomando sol, pero eso fue muy poco antes de llegar acá”.

Irene Szijan en el tercer piso del exhotel. Ahí durmió junto a su mamá durante dos semanas. Hoy en ese lugar hay un museo y un centro de arte. – Foto: Luciano Thieberger.

Para ella y su familia fueron años huyendo del régimen comunista. Pasando de frontera en frontera, escondiéndose, separándose para volver a encontrarse. A diferencia de muchas historias de inmigrantes en las que primero viajó el padre de familia, Irene, su mamá y su tío pisaron suelo argentino antes. Lo hicieron con documentos falsificados que dicen que nacieron en Polonia, en lugar de Ucrania. Los adulteraron temiendo que en la Argentina, bajo el gobierno de Perón, no les permitieran entrar por haber abandonado la Unión Soviética.

Su padre recién usaría esos documentos dos años más tarde. Antes, enfermo de tuberculosis, debió quedarse en un campamento para refugiados ucranianos en Austria. Eran pocos los requisitos para entrar al país, pero uno era el apto médico y un certificado de ausencia de antecedentes penales. Su padre incumplía el primero.

Irene Szijan se toma su tiempo para observar y recorrar. Llegó al país en 1949 y fue alojada en el Hotel de los Inmigrantes. Foto: Luciano Thieberger.

“Está todo muy parecido”, dice Irene al llegar al tercer piso. De fondo, se escucha ruido de recreo. Lo generan chicos de primaria que están en plena visita guiada por el museo. Ella no para la marcha y entra a una de las salas. Primero deja atrás una maqueta de cuatro metros que reproduce un barco a vapor holandés. Después camina entre objetos históricos y piezas de arte contemporáneo. Se detiene en valijas intervenidas y observa pasajes, libros de migraciones y listas de pasajeros que elaboraban los capitanes de los barcos y están en exhibición.

Para tomarle fotos, se le pide ir hacia una sala contigua, sin alumnos y con menos turistas. Ahí, en el centro, hay una montaña de ropa blanca, negra y de colores. Es la obra Metamorfosis de Michelangelo Pistoletto, quien intervino la colección histórica del museo con espejos producidos a partir de fotos de inmigrantes tomadas en las calles y terminales de Buenos Aires. Los espejos incorporan al visitante: lo vuelven migrante. Pero a Irene no le llaman la atención los espejos ni la pila de ropa que rompe con la blancura hospitalaria del lugar. Lo que la cautiva son unos piletones incrustados a la pared. “Nos higienizábamos acá. No recuerdo que hubiera duchas, era esto”; dice y recorre las piletas con las manos.

Después, se concentra en los ventanales. Todo el edificio del exhotel fue hecho con una doble hilera de ventanas para una ventilación óptima. De un lado, miran a la Ciudad y, del otro, al río. “Lo primero que me sorprendió de Buenos Aires fue el color marrón del agua. Yo jamás había visto algo así”, dice y al segundo invita: ¿Vemos los documentos que traje?

Irene estudió en la escuela pública y después en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, donde se recibió. Hoy, con 81 años, sigue trabajando en el Hospital de Clínicas. Investiga un tipo de cáncer ocular. Foto: Luciano Thieberger.

Camina a una mesa larga de mármol, se sienta y despliega sus papeles: hay planillas con su foto y la de su mamá, formularios que fueron completados por el cónsul de la República Argentina en Austria y cédulas de identidad de su padre y de su tío. “Perdón, disculpen la curiosidad. ¿Puedo acercarme?” pide permiso uno de los vigiladores del museo. Se llama Daniel y dice que no deja de sorprenderse con las historias que escucha a diario.

El salón comedor del ex hotel de Inmigrantes, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. / Cecilia Profetico

“La semana pasada vino un señor muy grande que contó su experiencia a chicos de escuelas. Este hombre había partido de Eslovaquia. Y lo que pasó con él fue muy fuerte”, anticipa y sigue: “El señor estaba recorriendo el sector donde están las camas de esa época. Ahí una artista puso audios de canciones de cuna de distintas partes del mundo y él reconoció la canción que le cantaba su mamá cuando era un nene. Ese día vi que se le cayeron las lágrimas a más de uno”.

Casi un millón de inmigrantes pasaron por el hotel, cargando con sus guerras, con sus canciones de cuna y sus hambrunas. Fue empezar de nuevo: “La estadía en el hotel fue compleja. Bastante penosa diría. Yo me pasaba el día jugando con unas amiguitas, pero sentía temor de que mi mamá y mi tío no consiguieran casa y trabajo”.

Los tres estuvieron 15 días alojados. Las imágenes que Irene conserva son de ella con sus pertenencias sentada en un banco de la plaza del exhotel, esperando novedades. Tiene pocos recuerdos buenos: un heladero que de tanto en tanto aparecía y la mamá de una de sus amiguitas ucranianas que contaba cuentos por las noches.

En los días de Irene, y de otros tantos en el hotel, la disposición era esta: en la planta baja estaba el comedor, donde se daba el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena por turnos de hasta mil personas. En el primer y segundo piso, dormían los hombres y en el tercero, mujeres y niños. Había 750 camas: eran una lonja de cuero, sin colchón ni almohada, para evitar el contagio de enfermedades.

Diciembre 1922. Un grupo de inmigrantes juega en la plaza del exhotel. Archivo General de la Nación. Departamento Documentos Fotográficos. Caja 3241. Inventario 146205,

El hotel tenía traductores y después de la cena se hacían proyecciones de cine mudo con indicaciones para trabajar en el campo. El inmigrante que lo necesitara, además, tenía un boleto gratuito para movilizarse hasta el punto en el que fuera contratado. “En tren o por vía pluvial, a donde quisiera, podía ir. El boleto era a costa del Estado”, dice el historiador Marcelo Huernos. Y enseguida aclara: “No les pagaban el boleto de buenos. Nuestros políticos no eran filántropos. Eran capitalistas interesados en obtener mano de obra. A nadie más que a ellos les interesaba hacer llegar al inmigrante y lo hacían a costa del Estado”. Fueron esas mismas élites argentinas las que empezaron a horrorizarse cuando vieron que de los barcos no bajaban belgas, franceses y escandinavos, como pretendían.

“El objetivo del museo es hablar de la inmigración poniendo en relieve que los prejuicios que hoy escuchamos con respecto a los migrantes limítrofes son los mismos que tenían las élites respecto a los italianos y a los españoles”, enfatiza Marcelo. “Tampoco abonamos la idea de que los argentinos descendemos solamente de los barcos, prueba de eso son los pueblos originarios”.

La misma historia del hotel ayuda a romper el prejuicio: los últimos huéspedes fueron caciques de la Puna que vinieron a entrevistarse con Perón y permanecieron durante casi un mes a la espera de ese encuentro.

Inmigración antes y después. Inmigración siempre

«Soy de…», instalación de Christian Boltanski. Maderas, sacos, lámparas y archivos de sonido recrean las voces de los que llegaron y de dónde vinieron. Es una de las exposiciones artísticas del Museo y Centro de Arte Contemporáneo. Foto: Cecilia Profetico

De lunes a viernes, las mañanas en el museo son de los estudiantes. Eso no impide que cualquier otro (turista, local, jubilado, etc.) visite el antiguo hotel, pero ellos son el público dominante. Temprano llegan en micros escolares de todas partes: Bahía Blanca, Lomas de Zamora, Parque Chacabuco, Flores, Wilde o Junín. Son nenes y nenas de jardín, chicos y chicas de primaria y adolescentes. Y cada vez vienen más mezclados: alumnos que llevan arepas en sus viandas, otros que son devotos de la Virgen de Copacabana, otros que son hijos de matrimonios del Río de la Plata o son estudiantes porteños con domicilio dentro del barrio coreano de Capital.

Son chicos y chicas que absorben todo a través de los celulares. Toman fotos a una maqueta del museo, le ponen filtros de Instagram a un video histórico o hacen una selfie con las camas de los inmigrantes de fondo. Así aprenden y se vinculan con una historia no tan diferente a la propia.

Porque los caminos se parecen y hasta podrían ser sustituibles: italianos y bolivianos que se dedicaron a trabajar la tierra, senegaleses y japoneses que se adaptaron a un idioma opuesto o el caso de José Melendez Paredes, un inmigrante catalán, y Desireé Duarte, una inmigrante venezolana.

José Melendez Paredes dice que le debe todo a la Argentina. Llegó con seis años recién cumplidos, estudió, trabajó y formó una familia. «Soy catalán, no gallego. Siempre lo tuve que aclarar porque en seguida se confundían», dice y se ríe. Foto: Luciano Thieberger.

José llegó en la panza de un barco en 1950.

Desireé en avión y en mayo.

A él, en plena hambruna, lo sentaron a una mesa, le dieron de comer pan y omelette. Y le dijeron: “Esto vino de Argentina, el lugar a donde vas a viajar la semana próxima”.

A ella la convocaron sus jefes, le anunciaron que cerrarían la empresa por la situación política y económica de Venezuela, y la invitaron a mudarse a la Argentina.

Él dejó a sus abuelos en el puerto de Barcelona y zarpó con su mamá y su papá. Tenía cinco años.

Ella dejó a su esposo y a su hija. Tiene 36. Ahorra para traerlos.

Desireé Duarte es venezolana. Vino a la Argentina siguiendo una oferta laboral. Espera poder traer a su esposo y su hija pronto. Foto: Luciano Thieberger.

Un museo del imaginario social

Hacia la década del 50, la Argentina empezó a ser menos atractiva y la Alemania occidental de posguerra junto a Suiza o Bélgica se convirtieron en destinos nuevos para los europeos meridionales. Así, el ritmo de arribos cedió, hasta 1953, cuando ya no hubo huéspedes. Desde ese año y hasta el golpe contra el segundo gobierno de Perón, el comedor se usó para dar comida a indigentes.

Hotel y Museo de la Inmigración , Centro de Arte Contemporáneo – MUNTREF / Fotos Cecilia Profetico

Después hubo abandono, alguna ocupación militar intermedia y más abandono. En 1974, el espacio se convirtió en museo, aunque sin mayores cambios. Ni siquiera un decreto de 1990 que lo nombró «Monumento Histórico Nacional» lo sacó de la inactividad.

En los 2000 el edificio funcionó a veces abierto y otras cerrado. En septiembre de 2013, a través de un acuerdo firmado entre la Dirección Nacional de Migraciones y la Universidad Nacional de Tres de Febrero, reabrió con una propuesta de museo contemporáneo dedicado a la temática de las migraciones.

Para investigadores como Marcelo Huernos y Diana Wechsler fue un trabajo de un año de preparación. Diana, como curadora e historiadora del arte, se encargó del montaje.

«Un relato meramente histórico no nos parecía suficiente para actualizar el tema de las migraciones y la presencia que hoy tienen en el mundo», dice Diana. «Pensamos mucho y decidimos que tenía que ser un montaje que apelara a la experiencia», agrega. Para eso, antes de la apertura, se nutrió de entrevistas con distintas personas y grupos: todos le hablaban de un museo de la inmigración que estaban convencidos que existía pero era producto de su imaginación. Ese museo debía tener valijas, pasaportes y listas de barcos. 

El Puerto de Buenos Aires, puerta de entrada y símbolo de la llegada al país de los primeros inmigrantes. / Cecilia Profetico

El actual los tiene: se alimenta de los documentos de inmigrantes del pasado pero habla de los actuales a través del arte –el edificio es sede de BIENALSUR– y del testimonio vivo de los que siguen eligiendo el país para radicarse. A ellos les consulta cómo salieron, desde dónde, por qué eligieron la Argentina como destino y cómo se insertaron. Porque a la inmigración, para entenderla, también hay que contarla actual. 

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Realizaron una cirugía cerebral con tecnología similar a un GPS en el Pirovano

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El Hospital Pirovano, ubicado en Monroe 3555, en el barrio de Coghlan, incorporó tecnología de última generación para realizar una operación cerebral de alta complejidad. Se trata de un neuronavegador que guía a los profesionales durante la intervención y permite localizar tumores y estructuras delicadas con mayor precisión. El equipo fue adquirido por el Gobierno porteño por más de 550 mil dólares y también podrá utilizarse en otros hospitales públicos de la Ciudad.

La salud pública de la Comuna 12 sumó un avance tecnológico de relevancia. El pasado 24 de septiembre, profesionales del Hospital Pirovano realizaron una cirugía para extraer un tumor cerebral con la asistencia de un dispositivo que funciona de manera similar a un GPS, orientando al equipo médico dentro del cerebro del paciente.

La intervención se llevó adelante en una persona con cáncer de pulmón que presentaba una metástasis en el cerebelo. Durante la operación participaron Ricardo Menéndez, jefe de Neurocirugía del establecimiento, y el especialista en nuevas tecnologías Lucas Ritacco.

Cómo funciona el neuronavegador del Hospital Pirovano

El sistema utiliza imágenes obtenidas mediante resonancias magnéticas y tomografías para generar una reconstrucción tridimensional de la anatomía del paciente. A través de una cámara y una pantalla, los médicos pueden observar en tiempo real dónde se encuentran los instrumentos quirúrgicos y su relación con la lesión que deben tratar.

Antes de comenzar, los especialistas registran puntos de referencia en el cráneo y el rostro para calibrar el equipo. De esta manera, durante la cirugía cuentan con una guía que permite identificar la ubicación del tumor y distinguir su proximidad con estructuras sensibles, como arterias, venas y nervios.

Según explicaron los profesionales, esta tecnología contribuye a planificar mejor los procedimientos, aumentar la precisión y reducir potencialmente los tiempos de intervención y recuperación, aunque los resultados dependen de cada caso.

Además de la neurocirugía, el dispositivo puede utilizarse en otras especialidades, como otorrinolaringología y cirugía maxilofacial, entre otras intervenciones de cabeza y cuello.

Una inversión para los hospitales públicos porteños

La adquisición demandó una inversión superior a los 550 mil dólares y el equipo es trasladable, por lo que podrá asistir también a otros establecimientos sanitarios de la Ciudad, entre ellos los hospitales Álvarez, Argerich, Curie, Durand, Fernández, Ramos Mejía y Santojanni.

Para los vecinos la noticia pone en primer plano el papel del Hospital Pirovano como centro de referencia de la salud pública porteña.

En paralelo, continúan los trabajos de ampliación del establecimiento, que contemplan nuevos quirófanos y mejoras en la atención ambulatoria.

La incorporación de tecnología especializada representa una herramienta importante para los equipos médicos y abre nuevas posibilidades para atender casos complejos dentro del sistema público. El desafío será acompañar estos avances con infraestructura, personal y recursos que permitan sostener una atención de calidad para toda la comunidad.

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Saavedra

Atropellaron a Fabián Gianola en Saavedra: preocupación por la seguridad vial en los barrios

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La esquina de Deheza y Melián, en el barrio de Saavedra, fue escenario de un accidente que podría haber tenido consecuencias todavía más graves. El actor Fabián Gianola fue atropellado por un automóvil cuando estaba terminando de cruzar la calle por la senda peatonal, a pocos metros del shopping DOT Baires. Si bien se encuentra fuera de peligro y en recuperación, el episodio dejó una lesión importante y un llamado de atención para quienes circulan diariamente por las calles de nuestros barrios.

Según relató el propio actor, el vehículo, un Audi que transitaba por Melián, dobló hacia Deheza y lo embistió sin que el conductor advirtiera su presencia. La secuencia quedó registrada por cámaras de seguridad de la zona y volvió a poner en discusión una situación que preocupa a muchos vecinos: los riesgos que aparecen cuando quienes manejan no prestan la atención necesaria al entorno.

Una fractura y una operación tras el choque en Saavedra

El impacto le provocó a Gianola una fractura expuesta de radio y una lesión ligamentaria en la muñeca derecha, además de otros traumatismos. Afortunadamente, no sufrió golpes en la cabeza. El actor fue intervenido quirúrgicamente en el Sanatorio de la Trinidad de San Isidro, donde le colocaron una placa y tornillos para estabilizar el hueso afectado.

Durante su relato, explicó que intentó protegerse la cabeza al caer y que esa reacción pudo haber contribuido a las lesiones en el brazo. También contó que el conductor se detuvo, llamó al 911 y permaneció en el lugar. Según el testimonio que brindó posteriormente, un policía le comentó que el automovilista había reconocido que no estaba atento porque estaba poniendo música o realizando alguna acción similar.

El proceso de recuperación requerirá inmovilización y rehabilitación, aunque el actor decidió continuar con sus compromisos teatrales adaptando su actuación a las limitaciones físicas.

Un llamado de atención para conductores y peatones

El caso tomó trascendencia por tratarse de una figura conocida, pero los accidentes de tránsito forman parte de una preocupación cotidiana para quienes caminan, conducen o utilizan otros medios de transporte en los barrios porteños.

En Villa Urquiza, Villa Pueyrredón, Saavedra y Coghlan, como en tantos otros sectores de la Ciudad, cada cruce exige atención. Respetar la prioridad peatonal, reducir la velocidad al doblar, evitar el uso del celular y mirar antes de avanzar son conductas fundamentales para prevenir situaciones peligrosas.

También los peatones deben mantenerse atentos al tránsito, incluso cuando cruzan por los lugares habilitados y tienen prioridad. Esa precaución no traslada la responsabilidad del conductor, pero puede ayudar a anticipar riesgos.

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Saavedra impulsa una colecta de libros infantiles para llevar historias y lectura a Santiago del Estero

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Un libro que ya recorrió una casa, acompañó la infancia de un chico o quedó guardado en una biblioteca puede iniciar una nueva aventura en manos de otro lector. Con esa idea como motor, la Asociación Vecinal y Biblioteca Popular Cornelio Saavedra de la avenida García del Río 2737, puso en marcha una campaña solidaria de donación de libros infantiles para acercar nuevas historias a chicos de Monte Quemado, en la provincia de Santiago del Estero.

La convocatoriaestá abierta a los vecinos que pueden sumarse revisando las bibliotecas familiares y acercando aquellos ejemplares que estén en buenas condiciones y puedan seguir siendo disfrutados por otros chicos.

El material reunido será entregado al equipo de la profesora Ramona Luna, que lleva adelante distintas propuestas para promover la lectura en esa localidad santiagueña. De esta manera, los libros que hoy están en desuso en algunos hogares podrán encontrar nuevos lectores y convertirse en herramientas para aprender, imaginar y descubrir otros mundos.

Dónde y cuándo donar libros infantiles en Saavedra

Quienes quieran colaborar pueden acercar sus ejemplares a la administración de la Biblioteca Popular Cornelio Saavedra, de lunes a sábados, entre las 15 y las 19 horas. La recepción continuará hasta la primera semana de noviembre, por lo que todavía hay tiempo para participar.

La propuesta invita a realizar un gesto sencillo: elegir cuentos, relatos y otros libros infantiles que estén en buen estado y darles una segunda oportunidad. No se trata solamente de liberar espacio en los estantes, sino de contribuir a que más chicos tengan acceso a materiales de lectura.

Historias que ayudan a crecer

Los libros infantiles cumplen un papel importante durante los primeros años de vida. A través de los cuentos, los chicos incorporan palabras, desarrollan la imaginación, ejercitan la atención y encuentran nuevas formas de expresar lo que sienten.

La lectura compartida, además, puede generar momentos de cercanía entre adultos y niños, despertar preguntas y abrir conversaciones sobre situaciones, personajes y emociones. Cada historia ofrece una oportunidad para aprender y mirar el mundo desde otra perspectiva.

Por eso, esta campaña trasciende la donación de objetos: busca acompañar el trabajo de quienes acercan la literatura a las infancias y generar nuevas oportunidades para disfrutar de la lectura.

Desde la Biblioteca Popular Cornelio Saavedra, la invitación es a participar con los libros que puedan continuar su recorrido. Un cuento guardado puede convertirse en la próxima historia favorita de otro chico, a cientos de kilómetros de distancia.

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