Villa Urquiza

Homenaje a Haroldo Conti en la escuela de Villa Urquiza donde fue docente

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El pasado martes 3 de junio se inauguró un emotivo mural de mosaicos en memoria del escritor y periodista Haroldo Conti en el Liceo 11 Cornelio Saavedra, ubicado en la avenida Triunvirato 4992, en el barrio de Villa Urquiza. El acto fue impulsado por docentes, estudiantes y artistas, como parte de un homenaje colectivo al cumplirse casi cien años del nacimiento de quien fuera no solo uno de los grandes narradores argentinos del siglo XX, sino también profesor de la institución educativa.

Esta obra artística busca mantener viva la memoria de Conti, desaparecido por la última dictadura cívico-militar el 5 de mayo de 1976. El mural no solo honra su figura literaria, sino también su compromiso político, su calidez humana y su vínculo pedagógico con generaciones de estudiantes.

Una obra colectiva que transforma el dolor en arte

El mural, compuesto por pequeñas piezas de cerámica ensambladas con precisión y sensibilidad, fue emplazado en uno de los muros exteriores del liceo. En él se ve su rostro sereno, mirando al horizonte. No es casual que se haya elegido el lenguaje del mosaico: como en su literatura, las piezas diversas construyen un todo armónico, hecho de fragmentos, historias y ausencias.

La jornada de inauguración contó con la presencia de docentes actuales y jubilados, estudiantes, exalumnos, autoridades escolares y representantes de organismos de derechos humanos. Hubo lecturas de sus textos y palabras que recordaron la profundidad ética y estética de Haroldo Conti.

Haroldo Conti, una vida comprometida con la palabra y el pueblo

Nacido el 25 de mayo de 1925 en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, Haroldo Conti fue hijo de Petronila Lombardi y Pedro Conti, un comerciante ambulante que también tuvo una activa participación política en su comunidad. Desde joven, Haroldo se sintió atraído por las historias mínimas, los relatos de barrio y la experiencia de quienes habitan los márgenes. Su sensibilidad social lo acompañó siempre, tanto en sus textos como en su vida pública.

Además de escritor, Conti fue guionista, periodista, seminarista, navegante, nadador, piloto y docente. Su vida fue rica en experiencias y atravesada por un fuerte compromiso con las causas sociales. Militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y en el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS), al tiempo que enseñaba literatura en instituciones como el Liceo 11.

En apenas quince años de producción, Haroldo Conti dejó una huella indeleble en la literatura argentina. En 1960 ganó un premio de la revista Times con su cuento “La causa”. Dos años más tarde publicó Sudeste, su primera novela, que fue galardonada con el Premio Fabril. Le siguieron títulos como Alrededor de la jaula (1966), Todos los veranos (1964), En vida (1971) y su obra más celebrada: Mascaró, el cazador americano, que obtuvo en 1975 el Premio Casa de las Américas en Cuba.

El universo de Conti está poblado por personajes sencillos, paisajes fluviales y climas de desarraigo. Su mirada poética del mundo, teñida de melancolía y amor por los olvidados, sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores.

El secuestro y la desaparición forzada

La madrugada del 5 de mayo de 1976, un comando de la dictadura lo secuestró en su casa del barrio de Palermo. Tenía 50 años. Nunca más se supo de él. Su cuerpo no fue hallado. En su escritorio quedó una frase escrita en latín que hoy resuena con fuerza: “Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt” (“Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán”).

Su desaparición marcó profundamente al mundo literario, educativo y político. A casi cinco décadas de aquel crimen, iniciativas como este mural en Villa Urquiza contribuyen a mantener viva la memoria de quien entendía la escritura como una forma de resistencia.

Por eso desde esta redacción no queríamos dejar pasar la relevancia de este homenaje. La figura de Haroldo Conti trasciende las fronteras de la literatura y se instala como símbolo de una época y de una lucha. Que haya sido recordado en el mismo espacio donde enseñó, en una escuela pública del barrio de Villa Urquiza, es un acto de justicia poética y pedagógica.

Porque la memoria también se construye con imágenes, colores y comunidad. Y porque, como decía el propio Haroldo: “No se vive celebrando, pero se vive con alegría”.

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