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La mexicana que perdió su trabajo y se dedica a ayudar a los argentinos varados en Cancún por el coronavirus

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«Es nuestro hada madrina», dice Marcelo Almirón, uno de los 50 argentinos varados que pasan sus días en el hostel Selina, en plena zona hotelera de Cancún . Hasta allí llegaron de la mano de Rocío Sanoja, una mexicana de 41 años y una auténtica heroína: fue la que les consiguió alojamiento a los que venían de pasar largas esperas con destino incierto, eternas noches en la plaza frente al aeropuerto, y una de las que empezó a organizar la ayuda humanitaria para turistas, mientras esperan la repatriación. Son parte de las 2116 personas de nuestro país que, según Argentinos Autoconvocados Varados en México , aún están allí, a la espera.

Sanoja sufrió también las consecuencias de la caída en visitantes de una de las ciudades turísticas más importantes del país. Cuando todo empezó, se quedó sin la posibilidad de comisionar el tour hacia Islas Mujeres por el cierre de la agencia Albatros. Sin trabajo. En uno de esos últimos días, conoció a un matrimonio de argentinos que le advirtieron que muchos se estaban quedando sin poder volver a su casa. «Entonces sentí que tenía que ir al aeropuerto para ver qué era lo que necesitaban», recuerda. No fue la única con la voluntad de ayudar: cuando llegó, ya estaban repartiendo sandwiches, tortas. «Pero la mayoría de la gente estaba muy cerrada y no querían comer. Tampoco los bares les prestaban ayuda para cargar sus teléfonos ni les daban comida», recuerda Sanoja.

Hacer fila todos los días a las 4 am

Chío, tal como la empezaron a llamar en confianza, llevó pañales para los bebés que necesitaban cambiarse. Barritas de granola, jugos y agua. Cada día, volvía: la jornada terminaba a las 11 de la noche. «La gente no quería salir del aeropuerto porque querían estar atentos a ver si finalmente salía el vuelo. Todas las madrugadas lo mismo: a las 4 de la mañana volvían a formarse en la fila para ver si podían salir. Pero nunca pasaba nada», describe. Dormían allí, entre las filas de sillas, los carritos y las mesas de Check-in. Y la plaza de enfrente, un lugar improvisado de alojamiento y bronca, porque en plena madrugada se prendían los regadores automáticos y empapaban a los turistas en pleno sueño.

Sanoja vio todo eso y empezó a organizar a los grupos. Armó en Whatsapp Terminal 2 , una comunidad a la que poco a poco se fueron sumando otros argentinos, así como también otros turistas varados. «La Secretaría de Turismo, mientras, los quería sacar del aeropuerto, pero nadie se quería ir», recuerda Sanoja. De a poco fue convirtiéndose en el enlace. Primero gestionó un primer alojamiento gratuito con la condición de que cada día un micro (también sin costo) los llevara al aeropuerto para hacer esa fila permanente con el sueño de abordar. Cada día iban. Cada día volvían: hasta que asumieron que ya no tenía sentido. En el medio, seguían sin respuestas del consulado.

Gracias a sus gestiones en Turismo, Chío pudo conseguir un alojamiento mejor. Otro hostel de la cadena Selina. Camas para dormir y descansar, a la espera de una resolución que es la que aún aguardan. Un plan para lograr pasar este tiempo, pensó. Entonces, empezó a recibir donaciones que sus amigos, conocidos, empresarios, su ex jefe, y demás empezaron a brindar. «Ayuda humanitaria para turistas» , escribió en la calle. Y esperó. Lo mismo replica en las Redes Sociales donde busca paliar la situación de este grupo de argentinos.

Vivir en comunidad

Mientras están varados desde el 20 de marzo, se las ingenian para vivir en comunidad. Hoy en día solo quedan ciudadanos de nuestro país junto a Chío. Aprovechan los conocimientos de cada uno: profesora de yoga, de guitarra o los que alguna vez trabajaron en restaurantes implementan su know how. Almirón, de 53 años, con presente en la docencia de química y pasado en restaurantes, es justamente el encargado de la comida: «Vamos racionando de acuerdo a las donaciones que vamos recibiendo. A veces hacemos una vaquita para comprar un poco más, como zanahoria o cebolla. A la noche tratamos de estirar esa donación. Así vamos variando la alimentación, que es en base a frijoles, arroz, verduras y las donaciones que podemos conseguir», relata. Tiene dos ayudantes. Además de cocineros, hay una comisión de limpieza. Y un orden fundamental: botellas de agua con nombres de cada uno de ellos para evitar que otros las utilicen y haya riesgos de contagio, aunque nadie «presenta síntomas», aclara Guillermo Micheloud, el enfermero.

Sanoja es la encargada de que se cumplan las reglas. Al principio hubo un presidente, pero «eso no funcionó». «Nada de drogas, nada de alcohol», repite. «Busco que hagan talleres para que le puedan encontrar la vuelta a esta situación», señala. Pese a su tarea, Chío no cobra absolutamente nada por ser ese nexo de los turistas argentinos varados . «En este momento todos nos necesitamos. Nos tenemos que ayudar sin ver de qué nación es cada uno. Tengo muchos amigos que la están pasando mal. Parte del mundo se acabó. Mientras pueda, me dije, tengo que salir a ayudarlos», describe. Las consecuencias no fueron gratuitas: por tener contacto con gente en el aeropuerto incluso tuvo que evitar ver a sus hijos (tiene tres) durante varios días para evitar focos de contagio. Allí, entre mesas de checkin y restaurantes que les cobraban cuatro dólares el agua caliente, Sanoja recuerda que «los vi dormir sobre sus zapatos, en sus maletas, y nadie se merece vivir así».

Micheloud, el enfermero, tiene 43 años. Es el encargado de administrar los medicamentos que consiguió el «hada madrina», sobre todo para aquellos con patologías de base, como hipertensos o con diabetes. «Es una segunda madre para nosotros. Es la que se mueve, la que se organiza, la que busca las donaciones. Nos dio alojamiento desde el primer día. Es un agradecimiento profundo al pueblo mexicano que nos tuvo siempre presente», enfatiza quien debió volver el 23 y ahora tiene pasaje para el 3 de mayo. Trabaja en el Hospital San Benjamín de Colón, Entre Ríos, en la unidad de terapia intensiva, aunque igual así tampoco consiguió un permiso para regresar.

«Es como Gran Hermano, a veces se pelean, otras discuten. Pero se organizaron bastante bien. Los tengo en una burbuja, y no ven el exterior», explica Chío. Muy pocos pudieron «abandonar la casa». «Van como 12 de los míos que ya llegaron a sus países. En general pacientes de alto riesgo», cuenta. El último que se fue con un vuelo de Latam Argentina es Gastón Ramallo, quien regresó a Formosa. Lo despidieron todos emocionados. En la casa aún está Andrea Godoy, embarazada de cuatro meses, que el miércoles regresa junto a su marido a Neuquén. Eso espera. Una buena: durante estos días tuvo en la casa a Mónica Firmapaz, obstetra, su referencia durante estos días de angustia. Todos, claro, bajo la órbita de Chío,hada madrina principal, la que se puso el grupo a cargo y espera que algún día todos puedan volver a su casa.

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Saavedra

Saavedra celebra la continuidad de un espacio querido por los adultos mayores

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Una buena noticia para los adultos mayores de Saavedra quedó confirmada: la Legislatura porteña aprobó de manera definitiva la continuidad del Centro Recreativo Saavedra durante otros 20 años en el predio donde funciona, en la zona de Valdenegro y Miller.

La norma fue aprobada por 57 votos, todos a favor, y permite que esta histórica institución continúe utilizando de manera gratuita el espacio de la Plazoleta 1° de Marzo. Allí, sus propios socios sostienen desde hace años un lugar pensado especialmente para compartir, hacer actividades y mantener una vida social activa.

Un lugar para encontrarse y disfrutar

El Centro Recreativo Saavedra no es solamente un espacio para practicar deportes o participar de talleres. Para muchos vecinos mayores, representa también la posibilidad de salir de casa, encontrarse con amigos, conversar, tomar un café y compartir algunas horas del día.

Entre sus propuestas aparecen actividades recreativas como tejo, bochas y juegos de salón, además de diferentes talleres culturales. Todo se desarrolla con una mirada puesta en los adultos mayores y en la importancia de mantener los vínculos sociales y comunitarios.

En un barrio donde las instituciones cumplen un papel fundamental, contar con un espacio de estas características durante las próximas dos décadas significa mucho más que conservar un inmueble: permite mantener abierta una puerta para la participación y el encuentro entre generaciones.

Una continuidad que llevó varios pasos

La autorización anterior para utilizar el predio había sido otorgada en 2006 por un período de 20 años. Al acercarse su vencimiento, se impulsó una nueva norma para garantizar la permanencia de la institución.

El proyecto, presentado por el legislador Sergio Siciliano, tuvo una primera aprobación en noviembre de 2025 y posteriormente pasó por una audiencia pública realizada en junio de 2026, antes de llegar a la sanción definitiva.

El permiso establece que el inmueble deberá continuar destinado exclusivamente a las actividades sociales, culturales, recreativas y deportivas del Centro Recreativo. También fija obligaciones de conservación, higiene, seguros y mantenimiento.

Así, el Centro Recreativo Saavedra podrá seguir siendo durante otros 20 años ese lugar tan necesario para los vecinos mayores: un espacio donde todavía tienen valor el encuentro cara a cara, una partida de bochas, una charla entre amigos y ese cafecito compartido que muchas veces también forma parte de la vida del barrio.

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Villa Urquiza

Villa Urquiza: el Club California cumple 100 años y recibe un reconocimiento de la Legislatura

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Hay instituciones que forman parte de la vida de un barrio mucho antes de que muchos de sus vecinos hayan llegado. En Villa Urquiza, una de ellas es la Asociación Vecinal Villa Urquiza Nor-Oeste y Club Atlético California, que este 2026 celebra nada menos que un siglo de historia.

Fundado el 18 de septiembre de 1926, el tradicional club de Andonaegui 3347 recibió un importante reconocimiento de la Legislatura porteña, que aprobó un homenaje por sus 100 años y dispuso la colocación de una placa conmemorativa en su sede.

El reconocimiento pone en valor una trayectoria que va mucho más allá del deporte. Durante décadas, el California fue un verdadero punto de encuentro para las familias de la zona, con actividades sociales, culturales y recreativas que acompañaron el crecimiento de Villa Urquiza.

De las bochas y el billar a la escuelita de fútbol

Los comienzos fueron bien de club de barrio. La institución nació en un local ubicado en Bucarelli y Pirán, donde funcionaban mesas de billar y una cancha de bochas. Con el tiempo pasó por José Pascual Tamborini 5459 hasta llegar a su actual sede de Andonaegui.

Por sus instalaciones también pasaron orquestas, concursos y tradicionales fiestas de carnaval, momentos que quedaron en la memoria de varias generaciones de vecinos.

Hoy, adaptado a los nuevos tiempos, el California mantiene ese espíritu comunitario y tiene entre sus principales actividades a la escuelita de fútbol infantil, donde chicos del barrio encuentran un lugar para hacer deporte, compartir y crecer.

Una noche especial para festejar los 100 años

El aniversario tendrá su celebración central el viernes 18 de septiembre, desde las 20, en la sede de Andonaegui 3347.

La propuesta incluirá comida y bebida, magia, premios, shows en vivo y distintas sorpresas para compartir una noche que promete reunir a socios, familias, exintegrantes y vecinos.

El homenaje legislativo llega así en un momento muy especial: el California cumple un siglo y vuelve a poner sobre la mesa el valor de esos clubes que, generación tras generación, siguen siendo lugares de encuentro, pertenencia y contención para la vida cotidiana de Villa Urquiza.

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Saavedra

Escuela Angelelli de Saavedra: estudiantes crean tecnología para combatir el ruido

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En elbarrio de Saavedra, la educación pública vuelve a mostrar que también puede ser una herramienta para transformar la vida cotidiana. La Escuela de Educación Media N.° 5 D.E. 15 “Monseñor Enrique Angelelli”, ubicada en Tronador 4134, desarrolló un proyecto que pone la tecnología al servicio de un problema que muchas veces pasa desapercibido: la contaminación sonora.

La iniciativa, llamada “Sound Blue Project”, fue realizada por estudiantes de 3°, 4° y 5° año y propone encontrar soluciones frente a los niveles excesivos de ruido que pueden afectar especialmente a niños y adolescentes dentro de los espacios educativos.

Tecnología pensada desde el barrio

El proyecto combinó ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemática —el enfoque conocido como STEAM— con metodologías de Aprendizaje-Servicio y Design Thinking.

Los alumnos comenzaron midiendo los niveles de ruido en el Jardín de Infantes Integral N.° 2 “Merceditas”. A partir de los datos obtenidos desarrollaron un “semáforo de ruido”, un prototipo realizado con una placa Micro:bit que permite advertir mediante señales cuándo el sonido supera parámetros considerados saludables.

Pero la propuesta fue más allá de la tecnología

Durante la investigación, los estudiantes consultaron a una especialista y descubrieron que las personas neurodivergentes pueden experimentar de manera especialmente intensa los estímulos sonoros. Esa información llevó al grupo a pensar nuevas herramientas de acompañamiento.

Así surgieron también un cuento infantil y un modelo de auriculares destinados a disminuir el impacto del ruido, además de una campaña de concientización a través de Instagram.

Una escuela muy ligada a la comunidad

El trabajo realizado por la Angelelli también refleja el fuerte vínculo que la institución mantiene con el Barrio Mitre y sus vecinos. La escuela funciona como un espacio de pertenencia para muchos jóvenes de Saavedra y sus alrededores, y este tipo de proyectos busca que lo aprendido en las aulas tenga una aplicación concreta en la comunidad.

“Sound Blue Project” muestra, en definitiva, que una problemática cotidiana puede convertirse en una oportunidad para investigar, crear y aprender. En este caso, los estudiantes no solamente estudiaron el ruido: midieron, analizaron, diseñaron soluciones y pensaron cómo mejorar los espacios que comparten con otros chicos.

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