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Salinas Chicas, la laguna color nácar del sur de la Provincia de Buenos Aires

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Las Salinas Chicas están a casi 800 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires (en el partido de Villarino), pero a menos de 50 de La Pampa y a 80 de Río Negro, en el sur de un territorio donde se mezcla el monte, el desierto pampeano y la estepa patagónica. Son tierras secanas, donde el agua es un bien preciado y la tierra agrietada y los caminos polvorientos son una postal común.

«Es un ambiente hostil, el sol no te perdona», advierte Juan Hitce, propietario de la fábrica de sal La Aurora, a un costado de la diáfana y rosácea salina de 5000 hectáreas donde cosechan dos veces al año hasta 300.000 toneladas de sal, que extraen y procesan para abastecer a diferentes industrias, químicas, alimenticias y hasta bélicas. «La sal está presente en gran parte de los cosas que nos rodean», aclara quien pasó desde pequeño sus días entre monumentales icebergs de sal.

«Hay que derribar mitos, a la sal no se le muele hueso ni vidrio», aclara Hitce, de 41 años. Su familia está presente en la salina desde 1938. La salina es una postal de otro planeta. Hundida en una depresión que está a 40 metros debajo del nivel del mar, de septiembre a fin de año presenta un color surreal tornasolado, como el nácar de las conchas marinas.

«Es la salmuera. Esperamos que se seque y comenzamos a cosechar», comenta Hitce. El proceso de extracción de la sal depende del régimen de lluvias. Cuando lo hace, el agua forma una capa de algunos centímetros que con los días se va secando. En algunos rincones de la salina se debe caminar con botas especiales, resistentes a la corrosión de la sal. «El salinero debe estar esperando a la laguna y no la laguna al salinero», sentencia Hitce.

Las máquinas cosechadoras parecen pequeños trenes corroídos por la sal. Se mueven lentamente hasta el sector de la salina en donde se realiza la cosecha. Algunas de estas máquinas tienen 50 años y siguen en actividad. Los motores deben estar preparados para estar encendidos durante un mes, que es el tiempo promedio que demanda una cosecha. «Antes la sal era llevada a la planta en mulas», advierte Hitce.

La cosecha se espera con mucha ansiedad. «Es gloriosa», dirá el responsable de La Aurora, recordando su primera, a los diez años de edad. La laguna (así llaman a la salina, y a ciencia cierto lo es) se debe secar. Luego de que la salmuera, el agua excedente de lluvia que cayó sobre ella, se solidifique, se pasa un rastrillo que va cortando la sal. «La va peinando». El segundo paso es ir acordonando la sal en largas filas de pequeñas parvas, que la dejan preparada para que las máquinas cosechadoras la levanten y las depositen en camiones que la trasladan hasta la fábrica, a menos de un kilómetro de aquí.

Todos los trabajadores están protegidos por anteojos negros y pantalla solar para la piel, que intentan cubrir con cuellos de tela. «Sin anteojos podés sufrir heridas en los ojos», cuenta Chepo, así se lo conoce aquí, que hace más de 50 años está trabajando en la salina.

«La sal pasa a formar parte de tu vida. Para otra persona es un lugar infernal, pero para mí, la salina es mi casa, te acostumbrás a no poder ver», resume el hombre, que no quiere decir su edad.

«Podemos tener hasta dos cosechas al año. Este año llovieron apenas 265 mm cuando lo normal es 500 -dice Hitce-. A nosotros nos sirve que llueva menos, para que la poca agua que entre, se convierte en sal».

Cuando la sal llega a la planta, las opciones son dejarla tal cual está o lavarla y someterla a diversos procesos. Hay industrias que las usan en estado puro. «La industria pesquera de Mar del Plata necesita una sal común, sin procesamiento», comenta Hitce. La sal que llega directamente de la salina se fracciona en bolsas de 25 y 50 kilos, se paletiza y va a la costa.

«Se usa toda para la anchoa, que se cocina en sal», explica. También tienen como clientes a las curtiembres, porque durante el proceso de tratamiento del cuero, se usa sal pura. La sal que resta, se lava.

La lavadora de sal usa un mecanismo simple, como todo en esta industria. Se van llenando dos grandes tolvas que van triturando los bloques de sal que llegan de la salina, recién cosechada. Aquí recibe agua (una mezcla de agua dulce y salobre). La sal, que llega con algunas pocas impurezas, aquí las pierde. Luego es trasladada por una cinta y cae hasta formar parvas de hasta cinco metros de altura. Palas mecánicas van llevando esta sal lavada a otro sector donde se apilan hasta constituir los denominados icebergs de sal, inmensos bloques salinos de hasta 15 metros de altura. Cada 20 minutos se llenan las tolvas. Es un trabajo que comienza a las siete de la mañana y termina a las cuatro de la tarde.

Existen muchas clases de sales que se hacen a partir de la lavada. Las industrias que requieren la sal de este tipo son la química, para hacer cloro, lavandina y soda caústica. «Con esta sal se hace el bicarbonato de sodio o se usa para blanquear papel», afirma Hitce.

«La lavandina y el cloro se hacen con sal, agua y electricidad, en distintas proporciones», explica. La sal lavada también pasa a una etapa de más refinamiento: la centrifugada. «Como si fuera un enorme secarropas, a la sal lavada se la somete a movimientos centrífugos con calor; de esta manera pierde humedad», afirma. La sal centrifugada se usa para la industria textil, es considerada una de las sales secas, con hasta 3% de humedad, contra 5% a 6% de la sal lavada.

Entre las secas, hay cuatro grupos: la gruesa, la entrefina, la fina y la impalpable. Los usos de la última demuestran hasta qué punto está presente este elemento químico natural en el mundo actual. «La impalpable se usa para el maní japonés, pero también para hacer pólvora», sostiene Hitce.

La historia de la salina arranca en 1903 cuando Bernardo Graciarena se instala en la región, comprando una gran porción de tierra, incluyendo las Salinas Chicas. A los pocos años, empieza la explotación con métodos muy arcaicos: la sal se cosechaba con pala y se embolsaba in situ. El trabajo era manual. Una larga fila de mulas luego llevaba la sal hasta la fábrica. En 1910, se hace un tendido ferroviario de 8 km. que unía la salina con Nicolás Levalle, la estación y población más cercana, y de allí iba a la Ciudad de Buenos Aires. La sal se trasladaba sobre rieles. En 1950 la producción se mecaniza y el método de extracción no cambió desde entonces.

La sal tuvo una inmensa importancia a mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX con los saladeros. «Había un pueblo alrededor de la fábrica», recuerda Diego Barmansche, que trabaja en la planta. Su abuelo, padre, hermana, y tías trabajaron en la salina. «Había alrededor de 40 familias viviendo acá, hasta se construyó una escuela, a la que fuimos todos», afirma.

«Las fiestas de fin de año eran multitudinarias, éramos una gran familia», confiesa. Entonces toda la actividad laboral y familiar pasaba alrededor de la salina y la fábrica. «No era común que la gente tuviera autos, y no salíamos mucho. Dos veces a la semana, venía un colectivo que nos llevaba a Médanos (a 20 km); íbamos con mi madre a hacer compras. Era nuestra única salida», rememora. Hoy, los 80 empleados de la fábrica tienen auto y todos viven en aquella ciudad, o en Nicolás Levalle. Algunos llegan desde Bahía Blanca, a menos de 100 km.

Un estudio determinó que las Salinas Chicas estarán produciendo sal por 5000 años. La cosecha hermana a todos. Área directiva y empleados, todos se encuentran en la salina, a la que se llega con viejos tractores. «Tratamos de tener stock para dos años, por si nos agarra una época lluviosa», acuerda Hitce. La sal no se degrada ni pierde ninguna de sus propiedades con el paso del tiempo. «Saber que tenemos sal, nos tranquiliza», resume.

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Saavedra

Una huerta de Saavedra que cosecha reconocimiento internacional

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En medio del movimiento cotidiano de Saavedra, entre canchas de tenis, pádel y espacios deportivos, en la calle Galván 3920 existe un rincón verde que logró trascender las fronteras del barrio. Se trata de una huerta urbana de casi mil metros cuadrados que, por su propuesta y forma de trabajo, llamó la atención de uno de los medios periodísticos más importantes de España.

El diario El País publicó en septiembre un artículo sobre esta experiencia impulsada por el Grupo Mezcla, la empresa gastronómica responsable de los restaurantes Casa Cavia, Asadero y Orno. La iniciativa comenzó en 2020, cuando un terreno que hasta entonces permanecía como un espacio de césped sin utilizar fue transformado en un lugar de producción agroecológica.

Allí se cultivan distintas variedades de verduras, hortalizas y hierbas aromáticas que luego recorren unos pocos kilómetros hasta las cocinas de los restaurantes. Tomates de árbol, puerros, lechugas, kale, remolachas y hasta cucamelones forman parte de una producción que busca incorporar ingredientes diferentes y aprovechar los alimentos propios de cada estación.

Saavedra y una huerta que conecta la tierra con la gastronomía

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es que no se limita a producir alimentos. La huerta funciona como un espacio de intercambio entre ingenieros agrónomos y cocineros, que participan en la planificación de cada temporada, proponen cultivos y experimentan con nuevos productos.

Marcela Harris y Christian Krizaj, ingenieros agrónomos vinculados al proyecto desde sus comienzos, acompañan el desarrollo de los cultivos y trabajan junto a los equipos gastronómicos para definir qué sembrar y cómo aprovechar cada cosecha.

Para los chefs, tener los ingredientes a pocos metros de distancia permite conocer de primera mano sus características, respetar los tiempos naturales de producción y diseñar platos de acuerdo con la disponibilidad de cada temporada.

La experiencia también deja una enseñanza que va más allá de la gastronomía: conocer el origen de los alimentos, comprender cómo se producen y valorar el trabajo que existe detrás de cada ingrediente.

Más espacios verdes y agricultura dentro de la Ciudad

La publicación de El País vuelve a poner en escena una experiencia que tiene como protagonista a Saavedra y que demuestra que la agricultura también puede encontrar su lugar dentro de una gran ciudad.

En Buenos Aires, las huertas urbanas y comunitarias vienen ganando espacio como alternativas para recuperar el contacto con la naturaleza, promover prácticas sustentables y generar nuevas formas de relacionarse con el entorno.

Para los vecinos de la Comuna 12, esta experiencia es un ejemplo interesante de cómo un espacio urbano puede transformarse y adquirir una nueva función. En una ciudad donde cada metro verde tiene un valor especial, iniciativas como la de Saavedra permiten imaginar otras maneras de aprovechar la tierra, producir alim

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Coghlan

Coghlan recibe a más de 200 jóvenes de 20 países para el Congreso Internacional Ana Frank

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El barrio de Coghlan tendrá durante varios días una importante presencia internacional. Más de 200 jóvenes provenientes de distintos puntos del mundo llegarán a Buenos Aires para participar de la tercera edición del Congreso Internacional Ana Frank de Jóvenes para Jóvenes, una propuesta que encuentra en la memoria histórica una herramienta para pensar el presente y construir un futuro con mayor respeto por las diferencias.

La sede principal será el Centro Ana Frank Argentina para América Latina, ubicado en Superí 2647, una institución que desde su inauguración en 2009 trabaja para mantener vigente la historia de Ana Frank y promover la educación en derechos humanos, la inclusión y la prevención de la discriminación y la violencia.

Éste encuentro para los vecinos representa también una oportunidad para reconocer la importancia de contar con una institución de estas características en el barrio, que recibe visitantes, estudiantes y delegaciones de distintos lugares para transmitir una historia que la humanidad no debería olvidar.

Memoria, derechos humanos y participación juvenil

La programación, que se extenderá hasta el 7 de noviembre, estará organizada alrededor de siete grandes ejes. Entre ellos se encuentran la memoria del Holocausto, otros genocidios y las dictaduras; el arte como forma de resistencia; la convivencia y la cultura de paz; los derechos de las mujeres y las diversidades; la participación juvenil frente a los desafíos ambientales y la inclusión social y educativa.

También habrá espacio para discutir el papel de la inteligencia artificial en la educación, la comunicación y el futuro laboral, una temática que atraviesa especialmente a las nuevas generaciones.

La apertura oficial está prevista para el miércoles 4 de noviembre a las 8.45 en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas, ubicado en Viamonte 1549. Participarán autoridades nacionales e internacionales y se entregará el Premio Ana Frank a Ronald Leopold, director de la Anne Frank House de Ámsterdam. Además, se firmarán acuerdos de cooperación con Uruguay y la provincia de Misiones.

Un espacio de Coghlan que mantiene viva la historia

El Centro Ana Frank Argentina representa en América Latina a la institución de Ámsterdam dedicada a preservar la memoria de la joven que murió en el campo de concentración de Bergen-Belsen, después de permanecer escondida junto a su familia durante la persecución nazi.

Su historia, conocida mundialmente a través de su diario, sigue siendo una referencia para reflexionar sobre el odio, la intolerancia, la persecución y las consecuencias de la discriminación.

Que más de 200 jóvenes de 20 países se reúnan alrededor de estos valores en el corazón de Coghlan no es un dato menor. En tiempos en los que la violencia, los discursos de odio y las divisiones sociales siguen presentes, estos espacios educativos y de intercambio recuerdan que la memoria no debe quedar encerrada en los libros: necesita transmitirse, discutirse y mantenerse viva entre las nuevas generaciones.

Desde la Comuna 12, la presencia de este centro constituye un motivo para valorar una institución que, desde el barrio, trabaja todos los días para que una de las etapas más oscuras de la humanidad nunca sea olvidada.

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Comuna 12

Semana del Patrimonio 2026: actividades gratuitas en Saavedra y Coghlan

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La historia de los barrios también se conserva en los libros que pasaron por las escuelas, las caricaturas que reflejaron la política de otras épocas y las estaciones ferroviarias que acompañaron el crecimiento de Buenos Aires. Con esa mirada, la tercera edición de la Semana del Patrimonio ofrecerá actividades gratuitas para acercar a los vecinos a los espacios y relatos que forman parte de la identidad porteña.

En la Comuna 12, las propuestas se concentrarán en Saavedra y Coghlan, con encuentros que invitan a mirar el pasado desde lugares conocidos y reconocer el valor cultural que permanece cerca de casa.

Museo Saavedra: libros escolares y caricaturas políticas

El Museo Histórico Cornelio de Saavedra, ubicado en avenida Crisólogo Larralde 6309, será una de las paradas de la programación.

El miércoles 4 de noviembre, a las 17, se realizará la charla “Libros y lecturas escolares de un siglo a otro”, un recorrido por los textos utilizados en la escuela primaria argentina desde mediados del siglo XIX hasta fines del siglo XX. La propuesta permitirá conocer cómo cambiaron los contenidos, los materiales y las formas de enseñar a lo largo de las generaciones.

El viernes 6, también a las 17, llegará “Algo más que risas: caricatura, política y prensa en la Buenos Aires del siglo XIX”. A cargo de Claudia Román, doctora en Letras de la UBA, la actividad analizará el papel de las caricaturas en los medios de comunicación de aquella época y su influencia en la formación de la opinión pública.

Coghlan: una búsqueda entre el pasado y el presente

La estación de Coghlan, uno de los lugares más hermoso y emblemático del barrio, será escenario de una experiencia participativa organizada por la Asociación Amigos de la Estación Coghlan, con sede en Estomba 2649.

Bajo el nombre “La búsqueda de Coghlan en el tiempo”, la propuesta invita a descubrir historias y secretos del patrimonio ferroviario y relacionarlos con la identidad actual de la zona.

Habrá dos oportunidades para participar: el viernes 6 de noviembre, a las 14.30, y el sábado 7, a las 16.

Una oportunidad para valorar el patrimonio barrial

La Semana del Patrimonio se desarrollará en distintos puntos de la Ciudad, con visitas guiadas, talleres, charlas y recorridos por edificios históricos. La mayoría de las actividades serán gratuitas, aunque algunas requieren inscripción previa.

Para los vecinos la agenda representa una oportunidad para conocer mejor el lugar donde viven y reconocer que el patrimonio no está solamente en los grandes monumentos: también permanece en las instituciones, los espacios ferroviarios, los documentos y las historias transmitidas de generación en generación.

Participar de estas propuestas permite mantener viva la memoria de los barrios y comprender por qué conservar su historia resulta fundamental para las próximas generaciones.

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